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Inmanencia

12 mayo 2018

Hoy, al caminar de vuelta a casa tras la clase de ballet, vi al amor venir hacia mí.

El amor avanzaba encarnado en dos adolescentes: un muchacho y una muchacha. (“Comen naranjas, cambian besos, como las olas cambian sus espumas.”)

La muchacha iba riendo, tratando de cubrirse el rostro de la cámara de su acompañante, que a las claras la grababa en un video. Los vi sonrientes: en los ojos del muchacho reconocí la devoción que sentimos ante una imagen que nos fascina. (Cada vez que atisbo en mí, o en alguien, esa expresión, me devuelvo a mis años de adolescencia.)

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Por la mañana tomé la clase de Monserrat en mi hora. No pensaba quedarme a la siguiente sesión. Pero mi cuerpo se resistió a cambiarse la ropa, a irse del salón -el cuerpo sigue su propio flujo, conoce su orden preciso. Decidí quedarme, e hice bien.

Montserrat dio una clase bellísima, de estiramiento: una de esas clases que me devuelven al presente y me recuerdan por qué hace algunos años comencé a amar la danza. Al final se disculpó porque no hicimos barra. Y yo, con ganas de decirle que cómo se disculpaba por una sesión tan extraordinaria, una sesión como la que todo el mundo debería experimentar alguna vez en su vida.

Salí hacia el bosque con el cuerpo laxo, alegre: es mi camino, y es un privilegio, los sábados y domingos, atravesar el bosque de regreso a casa. Allí me topé con los muchachos. (“Comen limones, cambian besos, como las nubes cambian sus espumas”).

Luego fui hacia mi banca, frente al lago. Estaba nublado: de pronto las nubes se abrieron con suavidad y entre las copas de los árboles vi prenderse unos rayos. Escuché cantar un pájaro: devuelto a la pureza de mi cuerpo, el mundo reapareció ante mí como una sola inmanencia; mi cuerpo, como una continuidad de su materia. Árboles, ramas, humus, carne: una herida en la inmensidad delirante del tiempo. No pude evitar preguntármelo: ¿qué es este extraño milagro de estar vivo?

(El cuerpo sabe volver a su propio orden.)

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Bajé la vista: noté que tenía húmedos los ojos. “Pero, ¿qué es esto? ¿Por qué estoy llorando?” Como una alegría y una nostalgia que no acabaran de disolverse o de afinarse, de purificarse entre el humus. Ramas que se mecen contra el azul del cielo. Ondas que corren sobre el verdor del agua, aves que se elevan contra la altura de los árboles.

Vivant. Je suis vivant.

Y no puedo evitar la sonrisa burlona: soy otra vez un adolescente, el más cursi de los adolescentes. “No son más que tonterías…” (¿En qué libro maravilloso he leído estas frases?) “Pero qué hermosas, qué dulces tonterías…”

Cierro los ojos, ante la certeza.

Esa banca es mi banca. Una herida en el delirio del universo. Y este cuerpo es mi cuerpo. Una herida en la materia del delirio.

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