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Atrocidades

19 septiembre 2016
Anoche tuve dos sueños inquietantes.
En el primero de ellos me hallaba en una suerte de laberinto de concreto: llegaba a un punto en que podía tomar dos caminos, que eran vigilados por criaturas temibles. Una era una suerte de enorme robot de titanio; la otra, una especie que podía mudar de formas, pero en su apariencia más constante era un alto cuerpo azul marino con una suerte de membranas rojísimas a los costados de la cabeza, como branquias: una figura anfibia. Las vi hablar entre ellas, alejarse cada una por un camino posible, luego darse vuelta y volver hacia mí, que me agazapaba tras una pequeña barda.
Entonces vi mi escapatoria. Había una brecha que no había notado: debía escalar a ella. En mi sueño podía brevemente conjurar el don de la invisibilidad; me desvanecí, di un salto, trepé: los vigilantes escucharon los ruidos, corrieron hacia mí, pero no pudieron verme, desconcertados. Yo ya me alejaba por el laberinto. Había escapado a los monstruos.
El segundo sueño fue mucho más atroz.
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