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Hipnos, Eros, Tánatos

13 febrero 2015

Anoche soñé con B. nuevamente. Nos topábamos en un parque de Montreal, bajo la nieve: B. con sus amigas alemanas, yo con mis amigos mexicanos. Era Montreal, sin duda, y era un parque frondoso en la noche helada: una suerte de bosque alemán alto y misterioso como una catedral gótico-flamígera. Pero B. y yo no hablábamos. Había rostros de sorpresa ante aquel encuentro, precisamente allí, después de tantos años.

Luego ocurrían otras cosas, donde no estaba B., por esas artes propias de los sueños; luego, nos reencontrábamos en un parque soleado en la Argentina, donde mis amigos jugaban juegos tontos. B. y yo estábamos a unos metros, pero otra vez no hablábamos. Hacíamos un gesto de saludo con la cara, pero ninguno se atrevía a acercarse. Llegaba la noche, yo tomaba un autobús hacia otro sitio, un pequeño poblado. Allí me preguntaba si debía volver sobre mi ruta y hablarle, o seguir mi camino. Pero no había más autobuses de regreso aquella noche.

(Por cierto que nunca he estado en la Argentina, pero aquel sitio era sin duda la Argentina.)

No me gusta ver signos donde no los hay, pero me pregunto si mi mente trata de decirme algo, o sólo confabula jugarretas contra mí.

¿Debería hablarle, y decirle las cosas que nunca le dije? Or should I just give up the ghost? Hago cuentas y noto que hace casi cuatro años de nuestra separación. Y, sin embargo, en mi memoria son igualmente hermosos el largo bosque de inviernos y de estíos en que me extravié y los trenes petroleros de mi infancia. En mi memoria no existen el tiempo y sus taxonomías. Porque, ¿quién hubiera podido imaginar que aquel niño más bien solitario, crecido en un arruinado enclave industrial del sur de Veracruz, parcial descendiente de indígenas istmeños, habría de amar un día a alguien nacido en una modesta ciudad de Europa, décadas después de que su país fuera barrido por la guerra, alguien que debía esconder con vergüenza el probable pasado nacional-socialista de sus ancestros?

Una vez dijimos que B. vendría a conocer mi hermoso país devastado, e iríamos al Caribe, para que conociera la extensión de aquel azul junto a los antiguos palacios mayas; y yo volvería a su próspero y aburrido país, y viajaríamos juntos hacia los bosques paganos de la Selva Negra. Porque yo amo los bosques nórdicos como B. ama las playas del trópico.

En mi sueño estábamos reunidos otra vez, como enemigos. Y es tan fácil, la enemistad. Acabaremos por destruirnos. Tenemos las mejores intenciones, pero acabaremos con nosotros mismos. O: no acabaremos. Pues quizá siga viéndole, en sueños. Y, quizá, sólo volvamos a reunirnos en mis sueños. Y en la otra orilla, tal vez. Pues, ¿no son hermanos el amor, el sueño y la muerte?

Hace casi cuatro años de aquello, pero mi tristeza, como mi amor, siguen casi intactos. El amor, como el miedo, como el dolor, son un virus. Y no hablemos más, no hablemos más…

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