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Campos de trigo (In Space)

26 noviembre 2014

“-Je pense que je t’aime. Voilà, je te l’ai déjà dit. Je l’avais jamais dit à personne.

“-Je sais. Mais, écoute, ça va se passer, dans quelques mois. Tu seras bien, je te promets.

“-Ne me dis pas ça, s’il te plaît. Je ne veux pas que ça se passe. C’est un bon sentiment.

“-Pourquoi tu pleures, alors?

“-Parce que ça fait mal, quand même. Je sais que c’est la dernière fois que je vais te voir.

“-Ça me fait sentir coupable. Tu m’avais dit que les vampires ne pleurent jamais.

“-Ils pleurent. ‘Une, deux fois, dans la mer de l’éternité’. ”

Cada invierno las emociones vuelven con mayor contundencia. Es verdad, el amor se disipó, no en pocos sino tras varios meses, pero nunca se ha evaporado su bruma. “Donde el amor moró y tuvo reino queda yo sólo un muro que avasalla la hierba.” No el amor: su recuerdo. Como si no amara ya a quien fue su objeto, en su tierra lejana, en su vida actual, sino a quien fue y será siempre su objeto de aquel entonces. Sí: aún enamorado de quienes fuimos juntos, la continuidad que éramos, la callada alianza, la complicidad de aquel entonces. Nuestras manos tomadas en el frío. 

 

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Fôret du Québec. Fotografía del autor.

 

Imposible volver. Imposible desandar los pasos. Las cosas ocurrieron como ocurrieron y no ocurrieron como no ocurrieron. No dijimos cuanto pudimos haber dicho. No callamos cuanto debimos haber callado. Una mañana, cuando ya nuestra unidad se había fracturado, como un bloque de hielo, componía mi cama. Era domingo. De repente vi brillar algo entre las sábanas. Era un cabello rubio, tocado por el alto sol del mediodía. Brillaba como el trigo.

La pregunta hoy, siempre, es: ¿volverá a ocurrir? ¿En otro momento, frente a otro cuerpo? ¿Volveré a esa entrega, a esa ingenuidad, a esa desnudez? Yo vi venir el cataclismo. Una noche supe que todo iba acabando, que todo aquello iba a despeñarse. El niño que fui volvía, histérico, a mi cuerpo. Por qué no puedo tener todos los dulces. No: demasiado grande ya para ello. No tienen que cumplirme todos mis caprichos: caminé por el viejo puerto de Montreal como un sonámbulo, aquella noche a veinticinco grados bajo cero. No quedaba nadie en la calle, sólo mi sombra recortaba las figuras caprichosas del hielo, sólo mis botas apisonaban la nieve. Caminé largo rato por el muelle. Podía ver la isla Sainte-Hélène en la otra orilla. Estaba al borde de la ciudad, y al borde de mí mismo. Jump off the edge? The water was clear and innocent.

Tengo que dejar ir, me dije. But what you love can never let you go. Tengo que ser un adulto, por una vez, y dejar ir.

 

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Vieux-Port de Montréal. Fotografía del autor.

 

Hace ya algunos años de eso. Creí que no pasaría nunca, el dolor (pero el dolor, ¿tenía que ver con aquel quiebre, o era debido a una ausencia más antigua, a faltas que no puedo recordar?). El dolor, ¿qué significa hoy? Pienso en campos de trigo meciéndose bajo el sol cuando convoco esa palabra. El trigo, que antes nada me decía…

“Je ne viendrai pas ce soir”, dijiste aquella noche. No iré hoy. Y yo supe que aquello era el anuncio del final, el presagio de una tormenta, de un incendio. Pero nunca ocurrió el cataclismo. No como lo esperaba. Más bien, el amor se desplomó dulcemente, como cae un árbol. Se fue desgranando como un fruto viejo, como la nieve al final del invierno.

Hace años de eso. Mi amor, por quienes entonces fuimos, sigue casi intacto. Por quien yo mismo fui bajo la nieve: un abrazo en el silencio de mi habitación, sonrientes, porque lo que sentíamos no requería, por una vez, de las palabras. ¿Volveremos a vernos, en este mundo? ¿Volveremos, aunque sea por unas horas, a quienes fuimos entonces, a aquella callada continuidad entre la nieve? ¿Volveremos a hablar como era antes? ¿O sólo es posible esa continuidad en otro mundo, en la otra orilla?

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Aquella mañana en mi habitación de Montreal, con el cabello luminoso entre mis dedos, supe que otra vez me iba quedando solo, y respiré honda, tranquilamente por la contundencia de aquella revelación: volvía a mi soledad, pero algo en mí se había fracturado para siempre. Puse el cabello entre mis labios, como besando a alguien. Sentí las lágrimas brotar -como hoy, como algunas tardes.

Afuera el sol brillaba con una intensidad peculiar. La primavera volvía, su ciclo de resurrecciones, su callado dominio avanzaba entre la nieve. Los bloques de hielo, fracturados, regresaban a su humedad primera. Era un alto mediodía de abril, blanquísimo y radiante, y la vida volvía a su terreno. Un alto mediodía de abril, nuestro mes más cruel…

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Printemps. Fotografía del autor.

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