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Desquiciamiento

11 noviembre 2014

Esta tarde iba en el metro de camino a la clase de danza cuando abordó el vagón un vendedor sordomudo. Vendía cinco barritas sabor Paleta Payaso por diez pesos. Se las compré. A mi lado viajaba un niño con su madre y se me hizo natural extenderle la bolsa y preguntarle: “¿quieres una?”. Tomó una muy contento y me dio las gracias. Luego lo miré de reojo y lo vi aún contento con la barra, y me di cuenta de que yo mismo lo había hecho como un acto natural que me daba una enorme retribución: ver sonreír a ese niño (lo escribo y se me escurre un par de lágrimas). Pues, ¿no era en parte ese niño también el niño que yo fui, en Veracruz, y caminaba bajo los almendros y la luz ardiente del medio día, y le bastaba un dulce para ser feliz? En un país que era una tierra solar, donde el agua era pura e inocente. ¿Y en qué momento perdimos la pureza, en qué momento dejamos de ser niños y de ser generosos? La sonrisa de ese niño en el metro, la sonrisa del niño que yo mismo fui, qué amarga, qué triste, qué dolorosa me vuelven la larga y terrible noche de México. No el país solar, sino el país que exige el sacrificio, que demanda la muerte, que quiere la sangre, desquiciado, delirante. México, su violencia, en que el deseo de pureza resulta casi una cursilería…

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