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El corrector de ortografía

26 julio 2014

Yo quisiera un empleo de corrector de ortografía.

Iría por la ciudad con un atuendo verde y encantador, unos botines de punta con hebilla, sombrero bávaro con una pluma roja a un lado y un chalequito, pregonando mi paso con una flauta de pan, y corrigiendo todas esas barbaridades que nos arruinan la vida en carteles, espectaculares, lonas, volantes y hasta en el pizarrón de la fonda de la esquina.

Y la gente me escucharía venir, y diría: “allí viene Hec Thor Pan, el corrector de ortografía”, y me saludarían con un pañuelo blanco desde sus ventanas, y a veces me regalarían flores, y las señoras me ofrecerían limonada y galletas.

Y yo andaría feliz, dando saltitos por las calles, corrigiendo las faltas con mi crayón mágico, y haciendo de este mundo un mundo más vivible. Y al final del día, cuando llegara a mi cabaña con los zapatos deshechos, depositaría mis ganancias en mi olla de oro, que luego volvería a su escondite. Porque Hec Thor Ito Pan sería un hombrecito feliz, e inmensamente rico, aunque ganara un doblón tan sólo por cada falta corregida.

Ése sería, ay, el mejor empleo del mundo.

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