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Tribulación

29 mayo 2014

¿Y qué hace un soltero en sus treintas solo en su cabaña? Naturalmente, labores propias de su sexo. No, no está torturando sexualmente a ningún pobre ser humano, ni realiza en conjunción ningún tipo de acrobacia. Tampoco se rinde a los furores de su actividad intelectual y creativa. No escribe la novela que transformará la joven narrativa mexicana, ni lee como un poseído. Realiza labores propias de su sexo: lava la ropa, los trastes, el baño, se procura su alimentación, barre, limpia el polvo, ordena la casa. Cuando todo esté en orden, se sentará a escribir.

¿Debería ocurrir a la inversa? ¿Dejar que la casa se cayera a pedazos mientras él se entrega al incendio de su alma y teclea y teclea frente a la mañana fresca del mayo tardío? No vive en un mal lugar, se dice. Es un sitio de aquellos que adjetivamos como “inspirador”. O, como bien lo definió su amigo Arteaga, la casa ideal para el escritor psicópata.

Pero el mundo, ¿no se desastrará si él no pone el hogar en orden? Y su misma escritura, ¿no se verá afectada por el caos que le rodea? ¿No perderá sus talentos o los empañará por la inquietud de los asuntos pendientes de la casa?

En estos dilemas se le va la vida. Las hondas tribulaciones de un escritor soltero. La vida de un artista: lavar, barrer, sacar la basura. No es exactamente lo que prometieron, pero podría ser peor, desde luego. Mucho peor.

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