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Morgan station Chicago

19 mayo 2014

El último día en Chicago fue un día de revelaciones. Habría que apuntar: el día de la revelación. Como si todo lo vivido durante mi viaje -la caminata de Israel, Israel’s walk, como lo pensé durante meses, una incursión en varios sentidos al interior de los Estados Unidos, una caminata tierra adentro- hubiera conducido en las semanas precedentes a ese conocimiento, como si las jornadas restantes no hubieran sido más que un eco o, mejor, una confirmación de lo que vi ese día. Lo que vi. No es ése el mejor modo de apuntarlo, sino, más bien, “cómo vi”. No hay tal objeto directo, no hay un “lo”. “Cómo vi”: el velo con que el exterior era visto. Me equivoco de nuevo. No había en realidad velo, ni exterior. La transparencia, debería decir. La transparencia con que el mundo y yo éramos visibles desde mi alma y el alma del mundo. Yo en el mundo, como una mera continuidad sensible. Y los demás, también, vistos como una transparencia, como elementos de la misma transparencia.

Three colours

En otro espacio he prometido elaborar más al respecto. No es el momento. Pero ese claro de iluminación atravesaba el día, y la ciudad, y atravesaba la conmoción que yo era. Las palabras a veces son insuficientes. Se aproximan a los hechos y las emociones y acaso representan lo que objetos y actos son incapaces de representar por sí mismos, pero hay también filos y aristas que se les escapan. Por donde sangra el lenguaje, la herida en las costillas de la lengua.

Aquel día fue un día maravilloso en compañía de mí mismo y en compañía del mundo. Like we would never be alone again. Por la mañana di un último paseo por el Loop y visité edificios que aún no había visitado. Porque Chicago es una ciudad cálida, inesperadamente cálida para una metrópolis de América del Norte: pese a los rascacielos, al acero, al vidrio, el hombre no se siente anónimo en esa inmensidad. Corrijo de nuevo: por ellos no se siente perdido en una inmensidad. Hay altos edificios, sí, pero son ellos justamente el cerco que contiene la grandeza del espacio, y crea pequeños claros que devuelven medida humana a la megápolis, remansos de paz o dinamismo que no hacen un extraño al visitante.

I follow rivers

Caminé por el centro y crucé el río y hasta estuve en el horrendo Museum of Contemporary Art Chicago. Por la noche fui al teatro, mi última noche en la ciudad, al hermoso Goodman Theatre, el más antiguo de cuantos aún operan, como correspondía en una ciudad célebre por su actividad performática, sus dramas y musicales.

La obra terminó a las 22h30. Mi vuelo de vuelta a Nueva York saldría a las 6h00: debía estar a las 4h00 en O’Hare. Era prudente irme al hostal y dormir un rato, aún debía terminar mi equipaje, no podría empacar sin despertar a mis compañeros de habitación. Pero no, claro: la noche era hermosa aún y yo soy un perro romántico. Quisiera ver el lago nuevamente, me dije. Una última vez frente al lago Michigan. Una última vez a medianoche, bajo la llovizna dulcísima de abril. Una última vez sobre la hermosa línea elevada, el tren avanzando entre edificios y rascacielos, abriéndose paso por el centro de la ciudad, penetrándolo: un tren alto y veloz con grandes tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo, un tren rugiente que parece correr sobre la metralla, un tren más bello que la Victoria de Samotracia.

Estuve frente al lago, pero no diré lo que vi allí. El lago es sólo mío ahora. I’ve got it in my handycam, it fits in my hand.

You fit in my hand

Estuve frente al lago, y en algún momento resolví que era momento de volver. Pero estaba tan agotado al abordar la línea verde, que va hasta Oak Park, que me quedé dormido, y cuando desperté estaba ya muy al norte. Tuve que esperar en el andén contrario un buen rato para volver. Se me iba la cabeza de sueño. Por ratos despertaba, temeroso de perder de nuevo mi transbordo. Y en algún punto desperté y vi en la diagonal a una chica sentada en el asiento al otro lado.

Era una chica castaña, de cabello largo y muy lacio, un cabello que caía sin impedimentos sobre sus hombros, como trigo. Hebras delgadas, con tímidos rubios resplandores. Castaña: sobre su piel blanca y bronceada asomaban algunas pecas. Mejillas, hombros, cabellos, todo en ella convocaba sembradíos: dilatados campos, cereales, granos, el dulce atardecer del Medio Oeste sobre largas extensiones de trigales. Deméter, Perséfone. Unos labios muy rojos, cuarteados por el frío, brillando en un rostro marcado por los ocres: labios señalados por el viento.

Traía zapatos bajos, sin tacones, y unos pantalones de mezclilla: estimé que seríamos más o menos de la misma altura. Llevaba a su lado una bolsa de papel con asas. [Nariz espigada, ojos grandes, cejas bien formadas, una delgadez que parecía romperse en las caderas amplias.]

Tren elevado

Saqué de mi maletín rojo el libro de Bataille que me acompañó durante el viaje. Fingí leer. O, en verdad, intenté leer. Pero la presencia al otro lado del vagón me distraía. De vez en vez alzaba la vista, y contemplaba su rostro. Labios cuarteados por el viento, labios tensos: también me miraba de reojo, también fingía no reparar en mí. Zapatos bajos. Qué significa ser mexicano, estadounidense, extranjero. Somos todos invitados a la historia del planeta. Qué piensa una estadounidense cuando un mexicano la contempla, dos americanos de distinta especie, dos soledades reunidas por la conmoción del azar. 1h35, y tan solos en América.

Sujetaba el libro de Bataille, pero el libro temblaba entre mis manos. Labios tensos, nariz espigada, pecas como campos de California: igualmente parecía intranquila, y al fin resolvió sacar algo de su bolsa de papel con asas. Eran los cuentos completos de Hemingway, en una bella edición con cantos de oro. También fingió, o intentó, leer. Porque en algún momento levantó la vista, en diagonal hacia mí, y nuestras miradas se encontraron. Unos segundos, nuestras miradas, avanzando en la madrugada lluviosa de Chicago, hacia el sur, como serpientes de aliento explosivo, más hermosas que la Victoria de Samotracia, más aéreas, más aladas. Y nuestros labios entreabiertos: mis labios oscuros y temerosos de la América meridional, sus labios rosáceos y cuarteados de la América septentrional. Dos soledades reunidas, dos Américas. Maíz y trigo. Dos miradas nerviosas, los libros como escudos y guaridas.

Bajamos la vista, pero yo supe que por dentro nos seguíamos viendo. Qué es esta emoción, me dije. Qué es esto que siento. Una chica. Lo sé: nunca hablo de chicas. But I’m desperately craving the feminine. Masculin/féminin: los dos principios reunidos en la cruz. Eje horizontal, eje vertical. Vaso receptor, cuerpo depositario. Hombre y mujer fueron creados: ociosas, y odiosas -aborrecibles-, las taxonomías. Pues ¿no había yo sentido, en cuerpos semejantes al nuestro, el deseo de lo femenino? Esa delicadeza, el llamado de la abundancia, de la fertilidad (de campos y cosechas y granos y trigo, del ciclo de la emperatriz Deméter, de la resurrección de la Tierra y de sus ciclos)? Sí: de esa capacidad de seducción de unas caderas torneadas.

Masculin / Feminin

Pero, ¿cómo aproximarme a ese elemento?

Porque, desde luego, entre las dos Américas que éramos, maíz y trigo, mediaba el aspecto de nuestra identidad. De mi identidad. I know who I am. Pero conquistar ese territorio, quien yo soy, la parte esplendente, intransferible, inmanente, que yo soy, fue un proceso largo y doloroso. Largo y sinuoso es el camino que de las sombras lleva a la luz. Pero, la luz ¿no tendría que ser algo más vasto, más inacotable y acaso ilimitado? Sí: la luz tendría que cubrirlo todo, campos de arroz y maíz y trigo, ilimitados campos de centeno, tallos creciendo silenciosos entre el humus, Démeter, Coatlicue, Amaterasu. La luz sin fronteras ni taxonomías.

Cómo aproximarme a ese elemento. Desperately craving: veía sus labios entreabiertos al otro lado del vagón y sentía una conmoción de adolescente. Hubiera sido fácil acercarme, bajo la mediación de Hemingway, preguntar dónde había conseguido el tomo, si en Oak Park, donde vivió el autor y queda su casa, si se contaba entre sus favoritos, si era nativa de la ciudad. Recurrir a los elementos de mi identidad: soy escritor, he leído tal y cual libro. Nativos de América. No soy un mal conversador. Pero, por dentro, temblaba. Por dentro, ardía. I know who I am, but I’m not exactly who I am.

Una chica. Mi territorio. Y entre ambos, el espacio vacío de mi identidad. The appeal to the classical masculine. Tendría que cruzar el vagón, en diagonal, hacia ella, ocultando mi estupor y mis temblores, y apelar a lo clásico masculino. Tendría que desnudarme… pero tampoco podía ser tan difícil, bajo la lluvia de Chicago, más hermosa que la Victoria de Samotracia -un tren interminable, atravesando la madrugada de abril-: acercarme y preguntar sobre su bella edición con cantos dorados, no soy un mal conversador.

Y luego qué, nuestra identidad. Hablaría con ella, y luego qué. Tendría que desnudarme, y luego qué. Podría rechazarme, reírse de mí. América meridional, qué piensa una estadounidense de un mexicano. O podría ser receptiva: y luego qué. Y luego qué. Y luego qué. No tengo respuestas para ello. Las palabras son insuficientes. Tienen aristas. La realidad tiene aristas. La identidad tiene aristas. Todos sangramos, por las costillas del lenguaje. Mi vuelo saldría en menos de seis horas. Debía aún empacar, llegar al aeropuerto. Tenía muchas razones para ¿qué?

Jackson Station, Chicago

Después de Ashland se puso de pie y se acercó a la puerta. Y yo miré su espalda con tristeza, a sabiendas de que teníamos que despedirnos. Y aún se volvió hacia mí leve, fugazmente, como al borde de una pregunta, como en el límite de una invitación. Ése fue el momento de saber si yo sería capaz de rebasar las fronteras de mí mismo. Levantarme de golpe e ir tras ella. Hacia la noche. Estación Morgan: serpientes de aliento enfurecido, puertas que se abren, que se cierran tras sus pasos. Y yo, desde mi asiento, viendo cómo se aleja, porque no me atrevo a dejar mis certidumbres, el final de mi largo y sinuoso camino. Pero la luz tendría que ser más vasta.

Bajé una estación después, en Clinton, donde podía volver sobre nuestra línea, o cambiar a la azul, que me llevaría al hostal. Escuché venir el tren contrario: corrí escaleras arriba, para volver a Morgan. Volví: corrí hacia afuera del andén, buscando ansiosamente, como un autómata. Sobre el andén no quedaba nadie. Nadie en la calle, tampoco. Éramos Chicago y yo otra vez solos, tan solos en América, las soledades reunidas de América del Norte.

Pero, qué puedo hacer, me dije. It was meant to be. Soy un cobarde, ya me conocen. Un cobarde. Un maldito cobarde. Y la belleza me aterra. La belleza…

In the night there's something wild

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