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Periférico Sur

12 marzo 2014

Naturalmente, el domingo que intentaba llegar a buena hora a una reunión familiar, para así despedirme temprano y llegar a tiempo al taller de danza, de forma tal que no se sucedieran en cadena mis impuntualidades, el taxi que tomé en el Periférico -que estaba despejado- fue impactado por un Peugeot con un conductor ebrísimo al volante, por supuesto del lado en que yo iba sentado: el conductor borracho se dio a la fuga y en unos instantes iba yo agarrado como arácnido -pero sin cinturón de seguridad- de los asientos, a la caza del estúpido Peugeot azul menta por el Periférico Sur, a toda velocidad, enviando a mi madre pensamientos de que la amaba con toda mi alma y de que la amaría constantemente más allá de la muerte, hasta que logramos atrapar al malhechor cerca de Gran Sur.

El taxista bajó a arreglarse con el borracho. Yo veía correr los minutos y todo mi plan desmoronarse. La situación no parecía mejorar. Cuando los gritos subieron de intensidad, decidí bajar del auto en caso de tener que separar a los dos hombres -aunque probablemente me hubiera ido un poco mal con mi muy delicada y endeble humanidad. No fue necesario. Pasó una patrulla y el taxista llamó a su seguro. “Oiga, yo me tengo que ir”, le repetía al taxista, cada vez más ansioso, pero él me abrazaba por el hombro, y me suplicaba: “no te vayas, carnalito, que eres el único testigo”. Como soy una persona solidaria y quiero el bien y la justicia para todos los hombres -ay, por qué me harían gentil y no un guarro-, me quedé.

Di mi testimonio. Al cabo de largos, interminables minutos, hechas las declaraciones a la policía y al seguro, nos dejaron ir. En realidad, lo único que le había ocurrido a nuestro automóvil fue que se le sumió la puerta. Aún me llevó el taxista a mi destino, más sosegado, y me fue describiendo en el camino sus emociones durante el impacto, como si no acabara yo de presenciarlas. Para ser fiel a la verdad, hay que decir que él venía al teléfono cuando ocurrió el golpe, evidentemente distraído hablando con su mujer: me contó que habían acordado ir por hamburguesas esa tarde, el plan estaba arruinado ahora, la pasaría con el hojalatero. Luego me confesó que las cosas no iban muy bien con ella, que no habían tenido tiempo de hablar, siempre surgían inconvenientes. “Menudo inconveniente”, pensé, ya resignado a que mi plan maestro se había ido para siempre al carajo, y que llegaría tarde a todo como de costumbre.

El buen hombre había pasado de la adrenalina a la furia y luego a la melancolía, de la película de acción al melodrama. Y yo en el asiento trasero, con ganas de contarle también los cataclismos que desde hace unas tres semanas me andan rondando la cabeza. Llegamos a mi destino. No me cobró el viaje. Me quedé un momento sentado, dubitativo: tenía ganas de tocarle el hombro y decirle: “carnal, vamos por una cerveza”.

No me atreví.

“Cuídese de los borrachos”, le dije al bajar.

En casa de mis familiares aún no llegaba nadie. Todos vinieron tarde, y yo tarde al taller, desde luego.

Periferico_segundo_piso

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