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Arder (todo lo excesivo es blanco)

2 junio 2013

Todo puede arder.

Todo será abrasado un día.

¿Deberíamos escribir o quedarnos callados? ¿Glosar la imagen, dejarla hablar bajo sus propios signos? No puede explicarse el fuego, la furia de la llama. Porque, qué sería el fuego. Si la tierra, el agua, el aire, son condensaciones diversas de materia, estados de agregación distintos, ¿qué es el fuego? Materia liberada a su propia energía, materia que en la abrasión se sublima y perece, calor, luz, chispa, disgregación. Qué es la llama.

Una vía lleva a la destrucción, la otra a la pureza. Una es la ceguera, la otra redención. La furia acabará por consumirnos. El ardor, por liberarnos. Me equivoco, es maniqueo. Todo lo excesivo es blanco. Un vasto bosque septentrional donde reinan por igual la belleza y la muerte. Un transcurrir hipnótico de siglos y un ahora como un filo que quiere nuestra sangre. El hielo es flama también: también nos quema.

Una tarde me extravié en un bosque helado. Oh, no debería hablar de eso ahora. Nunca debería hablar de eso. Nel mezzo del camin di nostra vita… Una tarde me extravié en un bosque invernal. Un bosque lentísimo del norte, como una imagen anacrónica de un paisaje de Alemania, selva negra. Un bosque en llamas, que iba quedándose en silencio. La luz se me extinguía. ¿Debería volver sobre mis pasos? No podía casi ya verlos. Escuchaba el crujido de mis botas aplastando la nieve. Un lago helado, una película de hielo y la vida prosperando inverosímil por debajo: una pantalla de cristal bajo mis pies, un oasis metálico. ¿Debería glosar la imagen?

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Caminar al centro del lago, por ver si el cristal resiste mis pasos. Caminar, adentrarse en las aguas… un día en las Nuevas Hébridas me hallé de frente a un pez mortífero, sin darme cuenta de cómo me le había aproximado. A menos de un metro de sus espinas bellísimas, hipnóticas. Adentrarse en el lago, estirarse, estirar la mano. La diritta via era smarrita. El pez también me miraba. Por dentro, también ardía.

¿Se puede glosar el fuego?

No resisto la violencia. No estoy acostumbrado a ella. Pero me fascina, me aterra la flama, la ondulación de sus lengüetas. La zarza ardiente: arrojarse a la hoguera, elevarse al fuego del final, consumirse, entregar el cuerpo. Elevarse. Un sonido hipnótico de pasos sobre la nieve, un crujir ya casi imperceptible entre la sombra, hasta ese golpe. Detengo mis pasos. Mi corazón late muy rápido. Hay un silencio absoluto en el ambiente. Mis pasos no suenan más, ya nada suena. Se me ha extinguido la luz y las horas. ¿Qué fue ese ruido? ¿Un balazo? ¿Un cazador? Ya no quedan horas. ¿Si un árbol cae en medio del bosque, sin que lo escuche nadie…? Comprendo: el golpe de dos cornamentas. Dos especímenes pelean entre sí. Dos cernícalos en llamas, en algún punto del bosque. Es tormenta su rugido. Su aliento es muerte.

Lo siento, Mutti. No quería preocuparte. He entrado en el dominio de las bestias. Estoy en su territorio. No puedo correr. ¿Vendrán por mí? La huella de un lobo inmenso entre la nieve. Un claro descendimiento de la temperatura. No debo parar. Estoy exhausto, pero no debo parar. ¿Debo? Estirar la mano… adentrarse en el agua… nel lago del cor m’era durata la notte ch’i’ passai con tanta pieta. Mi corazón ardía, en palabras de Audomaro, como un árbol de fuego.

Todo lo excesivo es blanco.

Todo lo excesivo es blanco.

No se puede glosar la flama. Vi luz entre los árboles, a lo lejos. Una vía directa, una cabaña. No podremos nunca dominar el fuego, su belleza. Jugaba de niño con el fuego, hice arder libros, hojas, pedazos de madera. Por el fuego habremos de partir un día,  estallará nuestra estrella, perderemos nuestra propia flama. Todo habrá de arder un día. La belleza, también, arderá. No olvidaré nunca el rostro de B. cuando llegué al chalet. Unos guardabosques… no olvidaré su cara. La estupidez de mis palabras. Lo siento, me interné demasiado entre la flama. Era hermosa su contemplación, vasta su esfera. Quería arder, mi alma. No puedo explicártelo. La estupidez: pude ver el terror en su rostro. Nuestros amigos no pudieron verlo.

Pues para mí estaban reservados esos signos. Pude perderte hoy, dijo. La sola idea de perderte… pensaba en el lago helado. También vi la huella de los lobos. Eso dijo. Pensaste en el cristal, B. Pensaste por mí en el filo. Un agua helada como miles de agujas contra mi cuerpo, un agua ardiente. Un bosque altísimo como una blanca catedral gótico-flamígera, un bosque como un extinto bosque de Alemania… donde se fueron a esconder los dioses paganos, entre charcos, entre ramas… y tú, un cuerpo parecido al nuestro, vaso del dolor y la humedad. J’écoute ton coeur, dijiste, al poner la oreja contra mi pecho. Era mi flama, yo sentía la tuya, la yema de mis dedos en el esternón. Un golpeteo. Afuera el bosque era un incendio, una hecatombe de muerte silenciosa.

Algún día volveremos al fuego originario. ¿Podemos glosar una imagen? No podemos asir la llama. Reintegrarnos por el sacrificio. Por un desmembramiento el mundo fue creado. Separó la luz de la sombra, y hubo palabras. Las palabras crecieron como hierba. Dejo ir ahora mis palabras, siento el fuelle de mis pulmones, la combustión de mi interior. Dejo ir mi furia, mi arrobamiento, y me devuelvo al fuego atemperado, que arde lenta, irremediablemente. Dejo ir mi ansia, siento aligerarse mi flama, a su ritmo pausado, resabio del origen, recuerdo del final.

Una imagen, y una espiral de palabras sin sentido.

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One comment

  1. Yo soy visual. Las palabras para mí tienen menos valor que las imágenes. Rogaría que indicara la procedencia de las suyas. Gracias.



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