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Otra vez, materia

20 mayo 2013

Me despierto tarde. Estuve anoche leyendo sobre el fuego y otros temas. Me despierto tarde y me entero -otra vez por medio de facebook- de la muerte de mi primo Saúl, apenas dos años mayor que yo. En realidad no era mi primo sino mi tío, por una de esas suertes en que los hijos de dos generaciones se reúnen en una misma. Fue un hijo ansiado, nacido ya entrada la madurez de su padre, como Isaac. Tenía un temperamento cándido y generoso y era bastante calmo, como yo.

También por esa red social hace unos días apenas me gastaba él unas bromas sobre mi bigote. Uno no piensa que los jóvenes -como uno mismo- vayan a morir tan pronto. “Se m’sabia k’gente novo ta morrê, m’ka tava ama ninguem ness mundo”, cantó una vez con voz melancólica Cesária Évora. Si yo hubiera sabido que los jóvenes también mueren, no hubiera amado a nadie de este mundo.

Es curioso que esta noticia venga en estos días en que pienso tanto en la muerte. De tanto en tanto, cíclicamente, pienso en ella. La muerte propia, mi propia finitud, la materia efímera que soy. De tanto en tanto el interior de mi cuerpo se me revela como un abismo de sombras, donde pudieran prosperar males insospechados, células anormales, microorganismos terribles, una silenciosa falla recurrente en un mecanismo esencial. Un ataque al miocardio, como una burla. Viene esta noticia y pienso en esas frases que proliferan ahora en su muro de facebook. Debemos vivir cada día como si fuera el último. Sólo Dios sabe por qué hace las cosas. Algún día volveremos a encontrarnos. Resignación.

Son frases, también, naturales. No parece justo el pensamiento de que no existe nada más allá de la materia que somos, que no habrá una prórroga a nuestra estancia, una extensión a nuestro tiempo. La nada no existe, y no es representable. No son agradables los adioses. Somos todos, como ha dicho Steiner, invitados a este mundo: visitantes, inmigrantes, viajeros. Y tiene fecha de expiración nuestro boleto. Pero para alguien que perdió a Dios, como yo, por el arte, son palabras huecas. Los libros: me quitaron a Dios pero me dieron el arte. Un atentado.

En cambio, quizá la noticia -quizá su muerte- llega como un llamado a la acción.

Hace una semana fui asaltado muy cerca de mi casa por dos muchachos. Sólo vi a uno de ellos, pues me ordenaron bajar el rostro; recuerdo el suyo, lo recordaré siempre: el rostro de un joven bien parecido, de tez clara, con un gran lunar en la mejilla, un joven aún cerca de sus veinte años con una expresión terrible, de quien odia, de quien no teme el mal. Tenía un arma. La puso contra mi abdomen: aún puedo sentirla, recordar la presión contra mi cuerpo. Two kids and a gun. Me and a gun.

¿Pude haber muerto ese día?

O quizá exagero, quizá me gusta pensar en mi leyenda propia. Quizá se trataba de una falsa pistola, apenas pude verla en el horror. O estaría descargada.

O: quizá no.

Ahora mi primo, en realidad tío, Saúl no vive más aunque su materia forme todavía parte de este mundo. ¿Significa algo su muerte, o es un mero absurdo? Es, para mí solamente, un llamado a la acción. En estos días que no ceso de pensarla, la muerte ha pasado al lado mío y ha tocado a un hombre de mi edad, cuyo rostro recuerdo. Un hombre que fue hijo -jugamos en la infancia- y que fue padre.

Pero esto es sólo mi pensamiento. Pues, ¿no somos inermes ante la finitud del cuerpo que habitamos? ¿Y no es nuestro planeta mismo, nuestra esfera, inerme ante los lejanos, pero ciertos, extinción y estallido final del astro que lo insufla? “La humanidad lleva por nombre ‘Como caña de cañaveral se quiebra’ “, dice Utanapíshtim, único hombre bendecido con la inmortalidad, al compungido Gilgamesh que con afán la busca. “¿Por cuánto tiempo construimos una casa? ¿Por cuánto tiempo sube el río y corre su crecida? ¿No son acaso semejantes el que duerme y el muerto?” Nuestro cuerpo dormido anuncia entonces ya los signos de la muerte.

Only echoes

En enero volví a Montréal y pensé en B. y en el amor y en el fracaso y en todo esto. En enero estuve en Filadelfia y vi al hermoso carnero trabado en el zarzal hallado en Ur por el brillante sir Charles Leonard Woolley, que de sus excavaciones anota:

“es asombroso que en la tierra en la que se pudren totalmente tantas cosas que parecen duraderas, algo tan frágil como un pedazo de estera, aunque pierda toda la substancia y pueda deshacerse con un soplo, conserve sin embargo su apariencia y contextura, y que con precacución pueda ponerse al descubierto en tales condiciones que en fotografía parezca la estera auténtica que se desintegró hace 5,000 años. Y lo mismo ocurre con la madera; nada de madera sobrevive, pero en el suelo queda una impresión, una especie de vaciado, que con el efecto de la veta y el color pueda engañar la vista, aunque el contacto de un dedo la destruya con más facilidad con que se quita el polvillo del ala de una mariposa”.

Es una anotación ejemplar, que para mí ilustra varios temas a que no se refiere, ni pasaron acaso por la mente de su autor, ni tienen que ver con ellas mismas. Only echoes.

Ya hablaré en mejor momento de mi encuentro con el carnero. He pensado en él porque para mí el arte mesopotámico siempre estará signado por la muerte. Y ha muerto mi primo, o tío, Saúl, y pienso también en sus padres que hoy han de darle sepultura. Padres en la madurez, como Abraham y Sara. Cruel nature has won again. Un atentado.

En cierta ocasión, escuché a Carlos Fuentes responder una pregunta más bien estúpida sobre lo que pensaba de la libertad -si no estaba sobrevaluada, algo como eso. Dijo que la libertad no podía definirse sino como una lucha constante, un ejercicio, pues no hemos nacido enteramente libres: demasiadas cosas nos han sido impuestas desde el nacimiento, y la primera de esas imposiciones es la muerte.

Una lucha emparentada, creo, e igualmente vigilante, es la lucha por la felicidad. Puedo convocar el rostro de Saúl en mi mente, convocar su aura: es un espacio en calma, un claro bondadoso y alegre, que supo granjear su felicidad y la de otros. Con ese pensamiento, puedo decirle adiós tranquilamente, ahora que es libre.

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