h1

Fárrago

21 febrero 2011

No debería este espacio convertirse en un vano, farragoso testimonio de nuestra tristeza. Reviso las distantes entradas y me doy cuenta que sólo recurro a ellas cuando me siento más propenso al llanto.

Y quizá algo de ello esté asociado ya al proceso mismo de la escritura. Seguramente resultará una obviedad decirlo: si fuéramos entera, decididamente felices, no tendríamos nada por escribir. Nos bastaría la naturaleza. Pero la naturaleza, a ratos, nada tiene que decirnos. Y, a ratos, nos dice cosas horrendas. Nunca basta. Deberemos siempre traducir su tedio o su horror a la escritura.

Abandonar las letras, devolverse a la vida, una serie de frases trilladas como anuncios en el televisor. No tiene remedio: hay una brecha, se ha abierto en nosotros una brecha que nos separa de lo inmediato, como la fractura de tilos en una banca, el estropicio de un espejo resquebrajado, la estría en una larga superficie de hielo.

Estrías

Los últimos meses deberán contarse entre los más felices y -al menos en términos estrictamente literarios- los menos productivos de mi vida. Apenas los años en la facultad, el Japón y el Pacífico, Virginia, el primer año en la Fundación y parte de mi tiempo en Europa pudieran compararse a mi estado de continua euforia, de alegre disipación. Aunque ninguno después de la facultad fue tan extenso y relajado, tan ajeno al miedo. Ah, tal vez exagero, si sostengo mis habituales paranoias: la puerta del apartamento bien cerrada, la certidumbre de un inminente ataque al miocardio, un corte de cabello de consecuencias mortales. Pero ninguno de estos terrores -lo cual no pudiera decir de otras épocas de mi vida- resiste demasiadas horas. Suelen disiparse, como la bruma. Derretirse, como la nieve. Nuevos ciclos, renovaciones, me aguardan continuamente, y casi siempre va en ellos impreso el signo de la felicidad, tan lejano a los libros y las notas.

O al menos así ocurrió durante varios meses. Pues el último día de 2010 quedó marcado por una nueva presencia, y esa presencia ha conmovido los cimientos de mi rutina, mi secreta adhesión al egoísmo, mi natural renuncia a los otros, mi feliz desapego. ‘Cause I’m the prey that was never hunted. A lonely star. Et d’habitude j’en suis tellement fier. Parce que je dois vivre autrement, et ailleurs.

Pero la posibilidad de entregarme a algo más vasto, insospechado, más sutil y más noble me sedujo. Porque encontrarse con una constitución, una entidad diversa de la nuestra, seductora y bella, plagada de dolor como la nuestra, debiera ser un acto irresistible. Un irrenunciable vértigo: rebasar la frontera de nuestra piel, como rebasan los aeroplanos las ideologías, su tormento y torpeza.

Borders

Dormir con alguien en Côte des Neiges, a las claras nevada, mientras la noche busca imponernos su dominio a las cinco de la tarde. Mientras elementos tan arduos, inconmovibles, nos someten a fenómenos nunca vistos. -30° C: la vida no ha de detenerse. No estamos en guerra, aunque alguien muera en Saint-Dennis, aunque haya suicidas en la línea verde o la naranja. Ralentissement de service sur la ligne… Afuera, la nieve cubre todo rastro, el agua cede a su naturaleza, cambia de estado atemperadamente, se rinde a sus inmemoriales normas. Algo más vasto: apenas puedo comprender esta necesidad de alguien. Un estado tan marcado por la patología que debería avergonzarnos. Por la idiotez y el capricho.

Antes me repetía: seré toda mi vida soltero, porque la soltería -porque la libertad, porque el deseo- es el estado natural del hombre, y habría que defenderla (the prey…); porque el impedimento de rendirme a los otros, de necesitarlos, dicta mi sitio más feliz la errancia. Pues es tan fácil la enemistad, tan inmediata, y acabaremos por lastimarnos. Tenemos las mejores intenciones, pero acabaremos con nosotros mismos.

O: no acabaremos.

No lo sé. Me acerco a los treinta años y tengo tempranas marcas de calvicie, pero el amor sigue siendo un misterio. Acaso tan misterioso que su sola mención mueve por igual al pánico y la risa. ¿Por qué requeriríamos de complementos, si la felicidad no vendrá de los otros? ¿Por qué de un cuerpo, si nuestro cuerpo debiera ser por igual dulce a los otros cuerpos? El amor: una casualidad plagada de presagios, como nuestro invierno; podemos avanzar por un bosque de repetidas sombras, elevados troncos, cornucopias, lagos helados, un blanco inmarcesible, y la presencia mortífera del hielo como en la superficie de planetas remotos; podemos adentrarnos por la difícil belleza del invierno -un invierno casi inconcebible, hermoso a la vista, terrible a la materia- cuya contemplación resguarda el encanto de la muerte.

Visión del árbol de fuego.

Podemos adentrarnos entre sombras. Pero el amor, su sola mención, se adhiere a nuestra piel con el aire frío, y es hermosa su contemplación, y vasta su esfera. Un cuerpo semejante al nuestro, vaso del dolor y la humedad. Un bosque inmemorial de cedros y de estíos. Y por encima: una estación que callada prospera bajo el frío, dueña de las resurrecciones, como Démeter y Coatlicue: el sesgo de una nueva posibilidad se manifiesta frente al dolor de nuestros ojos y prospera, silenciosamente prospera impaciente de equinoccios.

Le service est rétabli sur la ligne orange.

Anuncios

One comment

  1. Hola, Héctor, te mando un abrazo enorme.



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: