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Sadness is a substance

28 noviembre 2010

En unos días estaría por cumplir este espacio más de medio año de abandono. No tengo remedio. Soy un perezoso, es la verdad. No tengo disculpas, tampoco. Un par de mudanzas, un par de momentos muy dolorosos, un par de pérdidas. Nada que no pudiesen salvar una taza de café y la persistencia. Pero no quiero volver estas líneas un entramado de recriminaciones y disculpas. Se nos va de la ciudad la estación más bella y se aproximan, también cargados de belleza, los signos de otra más extensa y ardua. Al menos eso me dicen mis amigos. Y yo, sin querer sucumbir a los ciclos, tengo para mí que ello no debería afectar en exceso mi temperamento.

Pero este fin de semana acaba de contradecirme. Ayer por la mañana corría como un idiota entre la nieve. Y tenía que hacerlo, si hacía al menos unos cinco años que no la veía: ahora la nieve es igual a Virginia y Francia, ya tan irreconociblemente dulces, sin su paño de ingenuidad o de falsa tragedia. Corría como un idiota con mis bermudas blanco y negro y ese movimiento era igual a la felicidad, como hace unas semanas lo fue el color de la estación que se me aleja.

Hace varios años, antes de Virginia, pensaba que la tristeza era una especie de sustancia a ratos necesaria en nuestras venas. Abandonarnos a ella y a sus hechos: de vez en vez era ineludible, conveniente incluso, permitirse daños que nos removieran de nuestra comodidad y medianía, dejarse recorrer por ellos, generar en el cuerpo los procesos que nos llevan al desgano, el recuerdo o llanto, para emerger al cabo liberados del irremediable cúmulo. La purificación por el fuego. Necesaria entropía. Y era casi un juego.

Ayer por la tarde asistí a una función de Yellow Moon, obra de David Greig llevada a la escena por Sylvain Bélanger en el Théâtre Espace Go. Estaba triste, y esa tristeza empañaba el paisaje de la ciudad renovada por el blanco -renovada por él a una imagen más pura-, la tarde cuya luz tan temprana se nos huía, la representación misma. La representación sobre todo. No quisiera referir aquí la trama ni los pormenores de la función. ¿Qué uso tendrían? Creo que ni siquiera sería ya capaz de recordarlos, si se me escapaban tantos diálogos en este inflexible acento quebequense al que no termino aún de habituarme.

Recuerdo sin embargo un momento de la obra en que Leila, la silenciosa protagonista, toca el vientre de Lee, el futuro causante de su compartida fuga; desliza su mano cuesta arriba, y en ese deslizamiento reconoce el ritmo acelerado del corazón del muchacho. La imagen reaparece más tarde cuando ambos se internan, huyendo del crimen, en una espesura septentrional. Allí un guardabosques los conduce al cadáver de un ciervo, cuya muerte reciente preserva el calor de sus entrañas. El hombre corta la carne con un filo; así los tres devuelven a sus manos la posibilidad de una tibieza. Después extraen el corazón; después, se suceden imágenes, eventos, revelaciones. El guardabosques -pero esto ya tenía desde el primer momento su anuncio- resulta emparentado a Lee. La obra concluye con los dos jóvenes huyendo otra vez en el bosque helado, devuelta la tibieza de sus manos por otro cuerpo, el cuerpo abierto del padre, su corazón apenas detenido.

Estaba triste: porque me afecta mucho reconocer en quienes me son más cercanos los signos de seres poco gratos, un atisbo de su odio y su violencia, como quien reconoce en la blancura del paisaje el anuncio de futuras o pasadas tormentas; en los colores del otoño la putrefacción de sus hojas. Ningún evento tiene un solo rostro; así me asusta también la furia que siento renacer en mí cada vez que las palabras, las mismas hirientes palabras de otro tiempo, regresan por puertas que ojalá les quedaran prohibidas. No es buena mi reacción: inicia procesos, forma sustancias.

Porque a veces son odiosas las taxonomías. Porque nos apartan y lastiman tanto nuestras convicciones. Lo que siempre ha sido. Lo que está diseñado. Y no alcanzamos a ver que más allá nos aguarda impaciente -debería aguardarnos- una espesura en que fueran ineficaces nuestros paradigmas; en que pudiéramos escuchar, sin más efluvios, el ritmo de nuestras sangres como un solo galope.

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