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Au revoir les amis (otra vez, los adioses)

3 mayo 2010

Quizá sea demasiado. Quizá uno no tendría por qué ponerse en esta suerte de trances. Y a veces, con todo, hace falta. Como quien ha corrido demasiado por un bosque -demasiados árboles, todos parecidos; demasiadas hojas bajo sus pies idénticas- y debe detenerse a beber de un lago.

Se detiene. Calma su sed. Pero el alivio le reclama confrontar una imagen de sí mismo. Ha visto su rostro en la superficie del lago, y ha visto su propio fondo. Casi sin querer. Y su fondo está sediento, no puede el agua remediar su ansia. Y no debería, o habrá -paradójicamente- de secarlo.

Divago. Hace falta a veces. Extraviarse en el bosque, un bosque de cedros con una bestia de fuego -una bestia en fuego- en algún punto. Cuya imagen produjera horror y tristeza. Una conmoción pura.

Extraño de golpe a mis amigos, y para escribir eso debo empezar con en esa torpe divagación. De golpe, a todos, como en un cuento deleznable que escribí hace varios años, donde el protagonista se lanzaba al periférico con su vehículo y tripulantes. Una estupidez -pero qué tierna estupidez aquélla, ahora lúcida o al menos simbólica-: a quienes lo han sido por un tiempo muy escaso -y a veces demasiado escaso, algunas horas, un día apenas, una ciudad recorrida juntos con la certeza de que si tuviéramos la oportunidad tendríamos también muchas cosas que decirnos, y muchas que no habría falta decirnos (¿diré aquí sus nombres? ¿Y para qué decir ya los nombres, si bien saben ellos cómo se llaman, a cuánto equivalen para mí ahora: Salamanca, Potsdam, El Escorial, Tesalónica, Veracruz?). A quienes seguirán allí, después del tiempo; a los que yacen ya, semejantes al sueño o a nada semejantes, devueltos ya a la materia elemental, sin semejanza: me temo que en estos meses suman varios: me temo que -puedo apuntarlo, melodramáticamente- nunca había perdido a tantos, de golpe.

Pero no debería hablar de eso, no al menos en lo inmediato.

Me acordé de Nadja hace un rato, y estaba feliz. O bueno, quizá un poco triste, a veces esas dos emociones son casi iguales. Me acordé de ella, y ese recuerdo me condujo a otros, a las imágenes de nuestros amigos en común, y luego a las imágenes de quienes no lo son pero debieran serlo, y así acabé por recordarlos a todos, o casi todos, los que no he visto en años por hallarse muy lejos y los que no habré de ver porque ya no se hallan. Exagero, es cierto, me regocijo en esas ausencias: es cierto que otros han vuelto -llamados por extraños conjuros-, es cierto que otros siempre vuelven.

Y no es para tanto. Los iré viendo en el tiempo. Acordarse de ellos de golpe no es muy sano, aunque debería serlo.

But I can’t help it. Imagino sus rostros y me dan ganas, cómicamente, de correr a ellos. Llamarles por teléfono, aunque estén en Serbia, en Japón, en Ottawa, y sean para mí casi las tres de la mañana. En DF. Y no tengo sus números, no los de todos, y a un par de ellos no puedo llamarles. Estamos disgustados, pero qué más da.

En febrero Ana me contó lo de Étienne y Magali. Su viaje a la playa. Si viaje un poco a escondidas, en enero, casi un mes antes. Y yo transitando el tiempo por el que sus pasos ya no habrían de desplazarse: el revés de su tiempo (¿en qué libro de Marías he leído esta idea?).

Es muy curioso lo que ocurre cuando uno saca cuentas. A uno de los seres más importantes en mi vida sólo lo he visto cincuenta y tres días. Not even two months. En el Japón, y luego en nuestro continente. A Magali y Étienne sólo los vi dos veces, en días consecutivos.

Y estábamos contentos los dos días. Comimos juntos en casa de nuestra amiga en común, por quien llegamos a conocernos. Étienne parecía contento de hablar con alguien en su lengua: al menos yo sí lo estaba. Magali parecía un poco más ruda: discutimos sobre la gratuidad de la universidad nacional, y en su clara molestia frente a mi desacuerdo pude reconocer una parte de mí -la parte de mí que estaba por igual molesta.

Al otro día me los encontré en el concierto de Goran Bregovic en Santo Domingo, que fue la clausura del Festival del Centro Histórico, si no me confundo. Antes me había topado con Alejandro Arteaga en el metro Balderas y de allí llegamos juntos a la plaza -luego me reprochó que lo abandonara.

Volví el rostro antes del concierto y la muchedumbre; allí estaba el bueno de Étienne sonriéndome -a Magali no la pude ver, era muy pequeña. Me acerqué a saludarlos pero me demoré tanto con ellos que al cabo fue imposible escapar entre tanta gente.

Y estuvo bien no escapar. Pues por alguna causa que nunca podré -que nunca querré- explicar, los sentí -por el beneficio de la música, por la continuidad del ambiente, por la gracia de la lluvia- como amigos de largo tiempo. Como si pudiera ver a través de ellos, y quisiera que ellos vieran a través de mí. Porque estábamos muy cerca, y era como si lo hubiéramos estado por mucho tiempo. Esa noche, sin palabras, yo sabía quién era Magali, y quién era Étienne, y sabía quiénes eran ellos dos juntos y que a ella le hacían rabiar sus amigos y sus hábitos belgas y que él se sentía cómodo con ella, y que más allá de las circunstancias, se amaban -el amor: ese misterio. Sabía quién era yo, junto a ellos. Y Magali se abrazó a mí cuando se desplomó frente a nuestros ojos esa chica que olía a thinner, y Étienne se sujetó de mi hombro cuando la muchedumbre enloqueció durante la última canción y casi lo hizo caer por sus impulsos. Y yo me acerqué a ellos para guarecerme cuando la lluvia aumentó, porque sólo llevaba mi playera beige con una cebra y no alcancé a prever al salir de casa que cambiaría tanto el clima por la noche. Después caminamos los tres juntos con los amigos de Étienne -pobre Magali, cuánto la perturbaban- y tomamos el camino de regreso a casa.

Dijimos que nos reuniríamos pronto. Que llamaríamos a Ana, y repetiríamos la comida, con Maximiliano.

En febrero Ana me contó de lo ocurrido. Y yo me quedé oyéndola, sin nada que decir.

Porque, qué podría decir. En cierto modo apenas los conocía. Pero, en otro modo, los conocía (un mystère, le pays des larmes).

Los extraño, Étienne, Magali. Sé que no podrán ya leer estas líneas. Sé que apenas servirán de consuelo para alguien que pudo llegar a quererlos mucho. Para quien “Ederlezi” será igual a sus rostros.

Lamento tanto que debamos cancelar nuestra cena, o debamos posponerla, indefinidamente -hasta que se nos llegue el tiempo, allá donde ya no hay tiempo, y tal vez nada.

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One comment

  1. Ay, Héctor! Yo tampoco sé bien qué decir. Salvo, quizá que tus buenos recuerdos me sirven de consuelo.
    Te quiero y te extraño,
    Ana



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