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The soundtrack of our lives

15 abril 2010

Es innegable, y acaso inevitable, que nuestros afectos por la música vengan igualmente dictados por las virtudes que a ésta le son propias cuanto por el rescoldo o franca voluta emocional con que la ha espesado algún período de nuestras vidas. Al menos mis afectos así vienen, y a veces pienso que la segunda causa es para ellos aún más determinante que la primera.

Pues en cuanto monto en el reproductor alguno de los álbumes o temas que tengo por favoritos -con la sola intención de sentir ese placer que nos produce lo que reconocemos, lo que nos es familiar, lo que recorre por enésima vez un mismo camino en nuestro cerebro-, en cuanto me abandono a sus elementos -bajo la guardia-, la sensación de otra época y otro espacio me atrapa, y soy capaz de convocar las emociones de entonces -o serán levemente distintas, despojadas ya de su apremio, su locura y tontería-, las circunstancias, las palabras incluso (si una canción marcó la fecha atravesada por ellas), la intensidad de la luz (si fue una estación lo que quedó marcado), otros caprichos.

El tercer álbum de Fiona Apple, por ejemplo, me trae siempre a la memoria cierto día en Francia, un día soleado como un privilegio tras el invierno más largo y sombrío de mi vida: brillaba el día intenso y así decidí bajar hasta el Sena desde mi casa en el Lycée Montesquieu: atravesé el bosque de mi breve ciudad, los palacetes a la orilla del río, para tomar la ruta de más o menos una hora hasta nuestra ciudad vecina, un puerto fluvial que ha estado allí creo que desde la época romana, y en el cual confluyen los caudales del Oise y el Sena ya nombrado. Había otros paseantes, había chicos en patines y gente en bicicleta a mi alrededor, su felicidad era visible. Yo estaba pensando en la muerte: pensaba que aquella felicidad me estaba vedada. Y pronunciaba, para mis adentros, aquella letra que con insistencia repetía en mi discman -por cierto ahora arcaico y averiado, mi compañero de viaje por cuantos sitios han tocado mis pies, salvo el Canadá-: what you did to me made me see myself somethin’ awful: a voice once stentorian is now again meek and muffled.

De igual modo, hay una canción de los Black Eyed Peas que muy caprichosamente me recuerda al Canadá, y sólo cierto episodio de mi estancia en aquel país. Es la única canción que conozco de esa banda: por lo que entiendo ha sido un gran éxito, pasó varias semanas en la cima del Billboard y suena infaltable en las discotecas. Y tendría que sonar allí, si es justamente una invitación al baile y a la fiesta, un anuncio de que la noche será una buena noche. Nada en ella llama a la sombra: para mí es una de las canciones más tristes. Pues su anuncio quedó incumplido durante varias noches, semanas, y a menudo me pregunto si algún día habrá de cumplirse del todo. Una canción banal y más bien frívola -aunque no faltan en ella el ingenio y varios arreglos interesantes- que me representa por igual la promesa de la felicidad y su impedimento. Porque recelamos del amor, porque nos aterra la felicidad, como los puentes, si corre la muerte incansable por debajo. Llegaremos por ellos sin duda a la otra orilla, pero será acaso tierra firme -¿será buena la noche?

Esta asociación es muy precisa, como otras que pudiera nombrar: Ok computer y mi primer año en el bachillerato, cuando leí con deslumbramiento Cien años de soledad, que ahora mas bien me aburriría -no así el álbum-; la tercera canción de Stories from the city, stories from the sea es ahora igual a cierta noche de lluvia en Tacubaya, la primera de varias noches allí, cuyo recuerdo, otra vez, tanto se parece a la felicidad; Portishead me lleva de vuelta a los primeros semestres en la facultad y a la proximidad de mis amigos de aquel entonces. No vale la pena extenderme en pormenores que no tienen interés más que para mí: la lista podría remontarse al infinito, y así su tedio.

Naturalmente, hay música que no me evoca nada sino que es una conmoción en sí misma. Bach, por ejemplo -mi vida por lo demás resulta terriblemente insulsa a su lado. O música que me recuerda algo, pero cuyo ardor es tan fuerte que lo anecdótico casi pierde su sustancia -Satie, Debussy, Mendelssohn. Apunto estos nombres y me doy cuenta que no podría citar de este lado autores lejanos a la esfera de lo clásico. Lennon, quizá. Nirvana. No demasiados.

No ocurre -no me ocurre- este mismo efecto con otras artes. La razón es obvia. Una novela, un filme, una obra pictórica, una escultura sólo escasamente me conducen a una vivencia específica, como si su término no fuera muy lejano a sí mismas. La música, en cambio, apenas cabe como materia, apenas es asequible como forma: en cierto modo ni siquiera existe. Quizá en ello se parezca a la danza o la poesía. Quizá igual que ellas cada vez perezca. Mas posee en ventaja el don de la ubicuidad. Nos acompaña casi sin palabras, o más allá de ellas. Algo dice en su lengua caprichosa, pero es lo que no dice lo que nos conmueve, lo que a ella nos ata: sin ser concreta, atraviesa la concreción que somos; sin existir, se afila en nuestra materia.

Como un puñado de imprecisiones, que acabaría por ser nuestra vida. Un polvo de instantes. Y el beneficio hipnótico de reconocerlos en nuestra sinapsis, como quien contempla el repetido roce de la aguja contra el vinil en un tornamesa.

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2 comentarios

  1. Cuánto barroquismo, Tétor. Quizá mis pulmones están fallando. Intenté leer la primera frase de corrido y casi muero de asfixia.

    Un abrazo


  2. Usted a excusarnos tenga, maese Artis. Cuanto díctanos la más honda, proteica, inexacta, horrendamente intangible, inasequible acaso, naturaleza nuestra equivale -en el fervor de este espacio, en la torpeza de estas líneas- a cuanto buscamos en su forma apuntar más esmerada.
    Pero a su edad, en efecto, pueden ser arduas estas lides: no son iguales Los tres mosqueteros y Veinte años después; es siempre un placer tenerle de visita sin embargo.
    Un abrazo.



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