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Dita rides the horses

8 marzo 2010

El 16 de agosto de 2005, cuando celebraba sus cuarenta y siete años, Madonna cayó de un caballo en la campiña inglesa. Se rompió tres costillas, la clavícula y una mano. El hecho no retrasó el lanzamiento de su inminente nuevo disco, Confessions on a dance floor, programado para noviembre, ni de su primer sencillo, “Hung up”, llamado a ser prontamente un clásico. Pero ciertamente impidió a su autora continuar la habitual rutina de ejercicio que la ha hecho célebre. Transcurridas las semanas de reposo obligatorio, la reina fue recuperando su condición por medio de la danza, la actividad que tantos años, décadas antes, la llevó a Manhattan desde su natal Michigan -la leyenda quiere que cargara sólo treinta y cinco dólares consigo, a ver quién se lo cree. Confessions buscaba ser una vuelta al sonido disco de su primer álbum: el accidente imprimió así cierta ironía a esta vuelta.

Y cierta estética.

Pues meses después se hacían manifiestas, en el acto inaugural de su nueva gira -seguramente el más bello que ha creado a la fecha-, las ideas que acaso la fueron ocupando durante los días de convalecencia: el sentido de apremio, de vida que se escapa, cada vez más recurrente en sus últimos álbumes -“time goes by so slowly for those who wait”; “it’s time for you to read the signs”-; la proximidad entre el placer, el temor y la muerte; la posibilidad de fundar en su horror algo más vasto, más emotivo e intenso: el número queda, lo sabemos, marcado por su insoportable vanidad, su insufrible necesidad de sí misma, y así resucita en él a Dita, el fallido ícono soft porn, un tanto sado, que quiso encarnar en Erotica y Sex.

Pero los años han pasado. Y, a cambio del exhibicionismo y sus torpezas, la reina ha aprendido el valor de la sugerencia. Less is more. Pienso que nunca ha sido tan bella como en esta época, antes que juventud o madurez nos distrajeran de sus rasgos más puros, más estilizados. Cierto: en 2008 la tuve a un par de metros durante el Sticky and Sweet. Y, cierto otra vez: es hermosa. Pero ese día extrañé toda la parafernalia de Confessions, su profunda simbiosis entre vida, vanidad y arte. Jean-Paul Gaultier, Dita and Donna, Steven Klein, los caballos, esa serie de símbolos que sólo para nosotros, o especialmente para nosotros, unos cuantos chicos -cierto tipo de chicos- eran reconocibles, y adorables.

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One comment

  1. Me encantan tus palabras, el cruce de dos personajes: Dita y Madonna (2006) y el acto inaugural del Confessions, la más artística de sus presentaciones… un verdadero placer para los sentidos.



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