h1

Carlos Montemayor y algunos whiskies

3 marzo 2010

En enero de 2001, cuando estaba por inscribirme al cuarto semestre en la Facultad de Letras, recibí un telegrama donde se me notificaba que el hoy extinto Centro Mexicano de Escritores me había concedido una beca (¡un telegrama!).

Tenía dieciocho años. Había propuesto a aquella casa el proyecto de un libro de cuentos cuyo nombre ahora me sería ignominioso repetir, pero que se parecía demasiado al de cierto álbum de los Smashing Pumpkins. Esa elección no era -no debería considerarse- algo demasiado extraño: ciertamente los Smashing nunca fueron una de mis bandas predilectas, en principio porque son gringos y sobre todo porque no son extraordinarios, pero el nombre de aquel disco aún conmovía algo en el adolescente que yo estaba dejando de ser. Mellon Collie and the infinite sadness, qué gran acierto.

Un par de semanas después compartía una mesa en Anzures, por vez primera, con quienes habría de compartirla a lo largo de un año en Villa de Cortés, donde tuvo su última casa nuestro Centro: estábamos Daniel Espartaco Sánchez, María Rivera, Andrés Ramírez, Karla Zurián de la Fuente, Juan Claudio Retes, Alí Chumacero, Carlos Montemayor y yo, recién llegado a la ciudad y bastante torpe, un tanto orgulloso de ser el más joven entre mis comensales y un tanto engreído con mis premios universitarios y mis bequillas estatales.

Estábamos contentos. Al menos yo lo estaba.

Desde hacía varios meses me rondaba la cabeza la idea de hacerme a la mar -it was a damp, drizzly November in my soul-; de darme un respiro de la vida académica que desde los cinco años fue el eje de mi vida, sin más adjetivos: qué le vamos a hacer, fui un niño insufriblemente ñoño, amante por igual de los números que de las letras, de modo que en mi mayoría de edad sentía una inmensa falta en mis lecturas, el deseo de una existencia más ardorosa, una irrefrenable necesidad del amor. Son ausencias que -luego lo supe- habrían de perseguirme siempre, de forma irremediable. Así que aquel programa traía a mi imaginación la posibilidad de liquidar tres pájaros de un tiro: en aquellos días -nunca había tenido un pasaporte- la ciudad de México se me aparecía como un espacio casi mítico, seguramente por el influjo de Carlos Fuentes, cuánta ingenuidad recupero al anotar estas líneas.

Llevé un primer texto a nuestras sesiones de los miércoles en Villa de Cortés. Estaba temblando. Era, en sentido estricto, la primera vez que participaba en un taller literario -¿o debería considerar acaso aquellas reuniones en nuestro pasillo de Letras en Xalapa, recién llegados, muchachos ingenuos, que leían autores rusos tras las clases?-; temblando escuché las impresiones de mis congéneres, y temblando recibí los zarpazos de Alí Chumacero, que me mandó a releer a Borges y a Quevedo, por quienes pudiera vislumbrar acaso el esmero de una prosa correcta -yo me reía por dentro, si apenas conocía de ellos algunas páginas. Un adjetivo aquí, un guión, una coma allá, el cuidado de monosílabos en sucesión: un aprendizaje que no me ha abandonado ya -que no puede ya abandonarme.

Al final habló Carlos Montemayor.

Fue fulminante y generoso a un tiempo. Tenía que serlo. Señaló todas las virtudes de mi texto, y todas sus torpezas, que eran las más. Tenía que serlo: creo que se sintió reconocido en el joven escritor de provincia (pobre muchacho ilusionado, diagnosticaría mi querida Claudia Reina), y por ello me defendió, quizá injustamente, de todo lo dicho en la mesa por mis congéneres casi una década mayores a mí, con la salvedad de Daniel Espartaco. Dio un comentario integral del texto, que sugería mejoras a todos sus elementos, sin zaherirles: personajes, diálogos, trama, ambiente. A mí me sorprendió su lucidez, la elegancia de sus argumentos, el fecundo examen a que sometió mi prosa: yo quise ser él, en lo sucesivo: yo quise apoderarme entonces de su conocimiento.

Escribí un nuevo cuento, y uno más: Alí nunca dejó de azotarme, ni Montemayor de defenderme, quizá demasiado, al punto que me gané algunos chistes de mal gusto de Daniel y los otros, en tanto iba creciendo un manuscrito estéril, del cual sólo quedan hoy algunas páginas, un par de relatos -y qué importa ahora, la ciudad era mía entonces, la ciudad fue mía, con sus habitantes, su misterio y fealdad, su secreta belleza y sus largas noches, sí, largas noches en cualquier sitio, con su anonimato: una larga ciudad para un adolescente anónimo y deseado.

Una noche en Xalapa escribí un cuento, “Coincidencia”.

Lo recuerdo aún con claridad: en él, como por accidente, se asentaron por igual el rigor de Alí y la inteligencia de Montemayor, como si aquella noche hubiera descubierto quien yo era -mi voz-; quien yo quería ser -mi exigencia-: fervor y pureza, sangre y mineral a un tiempo. Nada de cuanto escribí antes de ese texto -por fortuna- sobrevive. Una semanas más tarde, por vez primera, única, recibí el elogio de Alí.

Estaba cerca el fin de nuestra beca, como el invierno. Yo debía volver a Xalapa, a mis amigos. ¿Volvería? Celebramos con whiskey, en la penúltima sesión, nuestra proximidad a lo largo de aquel año: María nos regaló Traslación de dominio, ya entonces Premio Elías Nandino, sin sospechar que los poemas de aquel año acabarían, depurados y escasos, en ese noble libro que es Hay batallas; Karla concluía su tomo sobre Fermín Revueltas, que luego me topé en una bella edición. Celebramos con whiskey: yo era tan joven entonces, o mis luces tan escasas, que mi contacto con el alcohol se limitaba a unas cuantas cervezas con aquellos muchachos mayores incluso que yo ahora, y así pensé que aquella bebida escocesa no sería muy diversa de la que otrora hizo célebres a los sumerios: en media hora ingerí unos cinco vasos de Red Label -Montemayor guardó para sí la Black-, tras la cual acabé, perdido el equilibrio y la elegancia, recargado en el hombro de Karla Zurián y luego sobre la mesa, aún tratando de entablar un diálogo serio con mi maestro -en torno a la literatura, la política, Guerra en el paraíso, más honroso no acordarse-; recuerdo que me subieron al baño, tratando vanamente de hacerme un bien; me recuerdo luego al pie de un árbol, rumiando mi vergüenza de que Montemayor me viera en aquel estado (aunque creo que en algún momento lo imité también, burdamente); me recuerdo a lo largo del asiento trasero del Golf gris de María Rivera, intentando vomitar por la ventanillla, y luego, sucesivamente, cayendo de los brazos de Juan Claudio Retes sobre su duela en la Narvarte, donde años después yo viviría, y despertando en la fiebre a las cinco de la mañana, completamente imbécil, tratando de reconocer aquel espacio por un signo mínimo, y reconociéndolo al fin por la misma duela: creo que Montemayor había sugerido horas antes -y fue una buena sugerencia- que me mandaran a dormir de un trancazo, el cual ninguno de mis nobles colegas se atrevió a prodigarme -suficiente hicieron con ayudarme a orinar en el Centro, también de eso me acuerdo.

Desperté otra vez alrededor de las 10h00. Llevaba puesta sólo mi playera negra, cubierta de bilis, que rezaba Safe Sex Now. El buen Retes me escuchó salir de la habitación, donde sabiamente me habían depositado en calidad de Gregorio Samsa (versión despojo). Yo estaba tan desalentado, tan carente de espíritu, que quise escabullirme inmediatamente, pero el buen Retes me recomendó bañarme. Literalmente dijo que de ser yo, él lo haría.

Accedí. Estaba cubierto de moretes por todo el cuerpo. Pensé que me habían golpeado la noche anterior: “hice -o dije- algo incorrecto durante mi ebriedad, y me agarraron a golpes”. El cuerpo entero me dolía, como nunca. Luego: “no: rodé por las escaleras. Me estiré hacia atrás, y en ese estiramiento me zafé de quien trataba de ayudarme. Rodé. Vanished. Je sais rien”.

A la semana siguiente Carlos Montemayor me dijo: “hombre, no se toma así”, y me estrechó la mano.

-¿Sobrevivió?

Risas.

-Sobrebebió -we’re glad.

Nada de rencores.

Un hombre elegante y culto hasta donde lo recuerdo. Un hombre, un acto, de mera entrega, de soberbia generosidad. Una exigencia que, espero, ya no habrá de abandonarme.

Descanse en paz, Maestro. Estoy feliz de habernos encontrado.

Ojalá que mi torpeza le arrancara alguna vez una sonrisa, como a mí. Ojalá que alguna vez, tras aquella cena, se haya sentido satisfecho de mi aprendizaje.

Estas líneas son mi duelo, y regocijo.

Anuncios

2 comentarios

  1. Mi querido Héctor, yo no conocí a Montemayor, o más bien es que lo conocí a través de tus relatos. Ahora lo conozco un poco más. Y a ti.


  2. Me hacía falta leerte. Gran duelo y regocijo.



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: