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Dead bodies (once again)

12 enero 2010

Ha muerto un amigo de la secundaria.

Hacía varios meses que no lo veía, desde una visita fugaz que hizo a mi casa o más bien a la acera de mi casa, cubierta por un alero donde ahora han anidado las aves. Recuerdo que estuvimos hablando de asuntos triviales, automóviles, celulares, el tipo de afectos materiales que él prodigó en vida y que a mí me aburrían siempre un poco: una conversación que acaso en otros días habría llevado con mejor talante, días más tranquilos de una época que a veces ya no reconozco, en que las visitas a su casa eran frecuentes y menos fino y más bien torpe mi escarnio hacia los demás, más cómoda mi vida, sinceros mis afectos. Luego me habló -pero fue un atisbo apenas de algo más hondo, una leve flexión en la voz, una tenue línea rojiza en el párpado- de la ausencia de su padre, del haber crecido sin él, siempre a la búsqueda de una imagen que pudiera ser la suya en los diversos hombres de su familia, en otros hombres. Recuerdo que me miró fijamente al hablar de ello -sus ojos muy grandes, de pestañas largas, daban a su rostro un cierto aire de magrebí.

No ha muerto de buena manera -una muerte natural, como se dice, ni cuando le tocaba, como se piensa-, y eso me hace recordar cierta nota que escribí hará un par de años para mi blog anterior, cuando acababa de volver del Japón y me hallaba sin un proyecto específico en la mira y más bien un poco fascinado por la proliferación de muertes violentas en mi ciudad natal: reflexionaba entonces en torno a la falta de cuidado de algunos suicidas en procurarse una muerte que no comprometiera la integridad de su cadáver -lanzarse al metro, volarse la cabeza de un tiro, arrojarse de un edificio, etc.-; a mí me parece horrorosa la noción de que mi cuerpo o la forma que de él recordarán quienes me aman sea demasiado diversa de la que llevé en vida -lo sé, lo sé: habrá un color y una expresión distintos, pero aún será mi imagen, semejante al sueño-, y quizá por ello me perturban tanto esas notas, cadáveres violentos, una dispersión de miembros como forma última.

Ha muerto también un amigo de infancia, pero de él guardo un recuerdo harto más vago. Era muy blanco y pelirrojo y tenía muchas pecas. Era lo que solemos llamar un buen niño, y se dirigía a mí por el nombre que entonces me daba un espacio en el mundo, Toño, como no me han vuelto a llamar desde entonces. Él se llamaba igual que un célebre monarca israelita. Un buen niño, bien portado, de maneras amables, ajeno a los juegos de infancia que tanto ensuciaban a nuestros congéneres; un niño al que a las claras le hacía falta atención en casa: llegaba al aula con sus pantalones descosidos, la camisa siempre un poco arrugada, los zapatos sucios, todo lo cual empobrecía su natural belleza. Ignoro cuál fue después su ruta, ciertamente tampoco ha tenido un buen fin.

Con ellos suman cuatro las personas de mi generación que se me mueren. Debo escribirlo así, “se me mueren”, pues es cierto que ahora, vistos a la distancia, mis dos amigos y los otros dos muchachos con quienes alguna vez conversé se me aparecen como grietas de humedad en la imagen de mi infancia, fisuras de un tiempo en que la vida se me presentaba sin su horror y su violencia, en que la felicidad me esperaba bajo los almendros de la escuela, en el olor a papel nuevo de mis maestras, en los paseos en la motocicleta de mi padre.

Esos seres existían entonces; guardo de ellos una imagen generosa, pese a que he escuchado cuáles fueron sus muertes y puedo por tanto imaginar sus formas últimas, innobles. Guardo esas imágenes con la esperanza, ansiosa, de que un día cobren sentido sus ausencias y así mi desazón pueda aligerarse. Y de que no proliferen sus fisuras.

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2 comentarios

  1. Muy bien Aitor, buen relato, agrio, nihilista, triste. Hasta a mí me llegó, bien hecho, bonito blog.

    abrazo

    gibran


  2. Gracias, Gibrán, habría jurado que lo hallarías cursi al menos.



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