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Flores en la tormenta

27 septiembre 2017

El lunes retomamos clases en el Tec de Monterrey. Casi llegando al plantel, la lluvia nos obligó a guarecernos. Vimos apoyadas contra el muro exterior un par de coronas de flores, varios ramos en cubetas. Como es bien sabido, durante el sismo, cinco de nuestros estudiantes perecieron. Hay un video que circula en redes que muestra el derrumbe de los puentes del Campus Ciudad de México: imágenes que llevan el tinte de una pesadilla.

Cada vez que pienso en el sismo recuerdo mi propio terror, encerrado como me quedé en mi propio departamento, sin poder hallar la llave, escuchando los crujidos de las paredes, los gritos, la ruptura de objetos en las otras viviendas. Fui afortunado. Mi edificio resistió. Otros seres no lo fueron tanto.

Cada vez que pienso en el sismo pienso en el terror de esos muchachos.
No los conocí, no fueron mis alumnos, pero me duelen como si hubieran sido míos. No es justo que murieran esos chicos, pienso. Pues es difícil entenderlo: la desgracia no es justa para nadie.

El lunes nos quedamos varados bajo la tormenta, y vi con tristeza las flores de los muchachos bajo la lluvia. Una de las coronas se volcó por la fuerza del viento. No había para mí nada más triste que esas flores azotadas por el agua. “Ahora que baje la lluvia, si no salen los de vigilancia a acomodarlas, pensé, voy a poner esa corona en su sitio”. Una señora que iba pasando por la calle, vecina de la zona, trataba de cubrirse de la lluvia. La recuerdo bien: cabello rizado, ropa en tonos ocre, un chal que se había empapado. Trataba de cubrirse, pero se hizo tiempo para levantar la corona, ponerla en su lugar. Luego siguió su camino.

Fue un acto tan triste como generoso, tan desolador como lleno de esperanza.
Como tantas cosas que hemos visto desde ese día.

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La familia natural

25 septiembre 2016

Cuando éramos adolescentes, mi hermana tuvo una hámster hembra llamada Bonnie. Como pensaba que estaba muy sola, compró otra hembra a la que llamamos Tedi.

Resultó mala idea.

Ocurre que los hámsters son criaturas territoriales y Bonnie agredía continuamente a Tedi. Hubo que ponerlas en jaulas separadas, que compartían una pared. Tedi creció y con ella sus enormes genitales: resultó no ser hembra sino macho, Teddy.
Una tarde descubrimos que, por esa fuerza poderosa del sexo, Teddy había logrado abrir su parte de la jaula y estaba del lado de Bonnie, quien no sólo no lo agredió sino que lo aceptó en la divertida labor de fabricar hamstercillos. Luego Bonnie engordó como una pera y volvió a correr a golpes a Teddy, esta vez para siempre: tuvo después cuatro criaturas que al principio parecían gomitas de dulce pero luego abrieron los ojos y crecieron un fino terciopelo.

Bonnie los cuidó ejemplarmente en un nido que ella misma construyó, pero una tarde notamos que una de las crías no jugaba con las otras en la rueda, ni se movía. Tras una hora, Bonnie se paraba sobre ella y sospechamos que había muerto. Media hora después miramos de nuevo y lo que vimos nos horrorizó: sólo quedaba la mitad superior del hámster, pues Bonnie y las otras tres crías lo devoraban muy sabrosamente. Luego no quedó nada de él.

Cuando dejó de amamantarlos, Bonnie volvió a jugar en su rueda, peleó con sus hijos por comida y volvió a su soledad habitual. Tuvimos que buscarles nuevos dueños.

He allí un ejemplo de familia natural.

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Atrocidades

19 septiembre 2016
Anoche tuve dos sueños inquietantes.
En el primero de ellos me hallaba en una suerte de laberinto de concreto: llegaba a un punto en que podía tomar dos caminos, que eran vigilados por criaturas temibles. Una era una suerte de enorme robot de titanio; la otra, una especie que podía mudar de formas, pero en su apariencia más constante era un alto cuerpo azul marino con una suerte de membranas rojísimas a los costados de la cabeza, como branquias: una figura anfibia. Las vi hablar entre ellas, alejarse cada una por un camino posible, luego darse vuelta y volver hacia mí, que me agazapaba tras una pequeña barda.
Entonces vi mi escapatoria. Había una brecha que no había notado: debía escalar a ella. En mi sueño podía brevemente conjurar el don de la invisibilidad; me desvanecí, di un salto, trepé: los vigilantes escucharon los ruidos, corrieron hacia mí, pero no pudieron verme, desconcertados. Yo ya me alejaba por el laberinto. Había escapado a los monstruos.
El segundo sueño fue mucho más atroz.
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Comme un enfant

25 mayo 2015

-¿Por qué hemos hablado tan poco en todos estos años?
-¿No lo sabes?
-Las cosas no acabaron bien. Pero yo te seguí queriendo siempre. Y tú, pues tú dijiste que me amabas.
-De hecho dije que creía que te amaba. Pero sí, fue la primera vez que se lo dije a alguien.
-También eso dijiste. Pues bien, no sólo fue la primera vez que estuve con un chico. Fue la primera vez que alguien dijo que me amaba.
-Y luego supe que de verdad te había amado. Que esa palabra del amor no era una ficción.
-¿Por qué dejamos de hablar entonces?
-Porque yo sólo sé enfrentar el dolor de una forma. Sólo sé alejarme de lo que más amo para que no me lastime.
-No era así cuando me abrazabas. Dormías abrazado a mí, como un niño.
-Para mí no hay nada más hermoso y difícil que abrazar a alguien. No lo recuerdas, pero fuiste tú quien me abrazó primero. Me atrajiste hacia ti y sonreíste. Y luego nos quedamos callados, viendo la nieve por la ventana. No hizo falta hablar…

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Trópico

4 abril 2015

A veces acaricio mi cuerpo e imagino que es tu cuerpo el que acaricio.

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Hipnos, Eros, Tánatos

13 febrero 2015

Anoche soñé con B. nuevamente. Nos topábamos en un parque de Montreal, bajo la nieve: B. con sus amigas alemanas, yo con mis amigos mexicanos. Era Montreal, sin duda, y era un parque frondoso en la noche helada: una suerte de bosque alemán alto y misterioso como una catedral gótico-flamígera. Pero B. y yo no hablábamos. Había rostros de sorpresa ante aquel encuentro, precisamente allí, después de tantos años.

Luego ocurrían otras cosas, donde no estaba B., por esas artes propias de los sueños; luego, nos reencontrábamos en un parque soleado en la Argentina, donde mis amigos jugaban juegos tontos. B. y yo estábamos a unos metros, pero otra vez no hablábamos. Hacíamos un gesto de saludo con la cara, pero ninguno se atrevía a acercarse. Llegaba la noche, yo tomaba un autobús hacia otro sitio, un pequeño poblado. Allí me preguntaba si debía volver sobre mi ruta y hablarle, o seguir mi camino. Pero no había más autobuses de regreso aquella noche.

(Por cierto que nunca he estado en la Argentina, pero aquel sitio era sin duda la Argentina.)

No me gusta ver signos donde no los hay, pero me pregunto si mi mente trata de decirme algo, o sólo confabula jugarretas contra mí.

¿Debería hablarle, y decirle las cosas que nunca le dije? Or should I just give up the ghost? Hago cuentas y noto que hace casi cuatro años de nuestra separación. Y, sin embargo, en mi memoria son igualmente hermosos el largo bosque de inviernos y de estíos en que me extravié y los trenes petroleros de mi infancia. En mi memoria no existen el tiempo y sus taxonomías. Porque, ¿quién hubiera podido imaginar que aquel niño más bien solitario, crecido en un arruinado enclave industrial del sur de Veracruz, parcial descendiente de indígenas istmeños, habría de amar un día a alguien nacido en una modesta ciudad de Europa, décadas después de que su país fuera barrido por la guerra, alguien que debía esconder con vergüenza el probable pasado nacional-socialista de sus ancestros?

Una vez dijimos que B. vendría a conocer mi hermoso país devastado, e iríamos al Caribe, para que conociera la extensión de aquel azul junto a los antiguos palacios mayas; y yo volvería a su próspero y aburrido país, y viajaríamos juntos hacia los bosques paganos de la Selva Negra. Porque yo amo los bosques nórdicos como B. ama las playas del trópico.

En mi sueño estábamos reunidos otra vez, como enemigos. Y es tan fácil, la enemistad. Acabaremos por destruirnos. Tenemos las mejores intenciones, pero acabaremos con nosotros mismos. O: no acabaremos. Pues quizá siga viéndole, en sueños. Y, quizá, sólo volvamos a reunirnos en mis sueños. Y en la otra orilla, tal vez. Pues, ¿no son hermanos el amor, el sueño y la muerte?

Hace casi cuatro años de aquello, pero mi tristeza, como mi amor, siguen casi intactos. El amor, como el miedo, como el dolor, son un virus. Y no hablemos más, no hablemos más…

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Campos de trigo (In Space)

26 noviembre 2014

“-Je pense que je t’aime. Voilà, je te l’ai déjà dit. Je l’avais jamais dit à personne.

“-Je sais. Mais, écoute, ça va se passer, dans quelques mois. Tu seras bien, je te promets.

“-Ne me dis pas ça, s’il te plaît. Je ne veux pas que ça se passe. C’est un bon sentiment.

“-Pourquoi tu pleures, alors?

“-Parce que ça fait mal, quand même. Je sais que c’est la dernière fois que je vais te voir.

“-Ça me fait sentir coupable. Tu m’avais dit que les vampires ne pleurent jamais.

“-Ils pleurent. ‘Une, deux fois, dans la mer de l’éternité’. ”

Cada invierno las emociones vuelven con mayor contundencia. Es verdad, el amor se disipó, no en pocos sino tras varios meses, pero nunca se ha evaporado su bruma. “Donde el amor moró y tuvo reino queda yo sólo un muro que avasalla la hierba.” No el amor: su recuerdo. Como si no amara ya a quien fue su objeto, en su tierra lejana, en su vida actual, sino a quien fue y será siempre su objeto de aquel entonces. Sí: aún enamorado de quienes fuimos juntos, la continuidad que éramos, la callada alianza, la complicidad de aquel entonces. Nuestras manos tomadas en el frío. 

 

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Fôret du Québec. Fotografía del autor.

 

Imposible volver. Imposible desandar los pasos. Las cosas ocurrieron como ocurrieron y no ocurrieron como no ocurrieron. No dijimos cuanto pudimos haber dicho. No callamos cuanto debimos haber callado. Una mañana, cuando ya nuestra unidad se había fracturado, como un bloque de hielo, componía mi cama. Era domingo. De repente vi brillar algo entre las sábanas. Era un cabello rubio, tocado por el alto sol del mediodía. Brillaba como el trigo.

La pregunta hoy, siempre, es: ¿volverá a ocurrir? ¿En otro momento, frente a otro cuerpo? ¿Volveré a esa entrega, a esa ingenuidad, a esa desnudez? Yo vi venir el cataclismo. Una noche supe que todo iba acabando, que todo aquello iba a despeñarse. El niño que fui volvía, histérico, a mi cuerpo. Por qué no puedo tener todos los dulces. No: demasiado grande ya para ello. No tienen que cumplirme todos mis caprichos: caminé por el viejo puerto de Montreal como un sonámbulo, aquella noche a veinticinco grados bajo cero. No quedaba nadie en la calle, sólo mi sombra recortaba las figuras caprichosas del hielo, sólo mis botas apisonaban la nieve. Caminé largo rato por el muelle. Podía ver la isla Sainte-Hélène en la otra orilla. Estaba al borde de la ciudad, y al borde de mí mismo. Jump off the edge? The water was clear and innocent.

Tengo que dejar ir, me dije. But what you love can never let you go. Tengo que ser un adulto, por una vez, y dejar ir.

 

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Vieux-Port de Montréal. Fotografía del autor.

 

Hace ya algunos años de eso. Creí que no pasaría nunca, el dolor (pero el dolor, ¿tenía que ver con aquel quiebre, o era debido a una ausencia más antigua, a faltas que no puedo recordar?). El dolor, ¿qué significa hoy? Pienso en campos de trigo meciéndose bajo el sol cuando convoco esa palabra. El trigo, que antes nada me decía…

“Je ne viendrai pas ce soir”, dijiste aquella noche. No iré hoy. Y yo supe que aquello era el anuncio del final, el presagio de una tormenta, de un incendio. Pero nunca ocurrió el cataclismo. No como lo esperaba. Más bien, el amor se desplomó dulcemente, como cae un árbol. Se fue desgranando como un fruto viejo, como la nieve al final del invierno.

Hace años de eso. Mi amor, por quienes entonces fuimos, sigue casi intacto. Por quien yo mismo fui bajo la nieve: un abrazo en el silencio de mi habitación, sonrientes, porque lo que sentíamos no requería, por una vez, de las palabras. ¿Volveremos a vernos, en este mundo? ¿Volveremos, aunque sea por unas horas, a quienes fuimos entonces, a aquella callada continuidad entre la nieve? ¿Volveremos a hablar como era antes? ¿O sólo es posible esa continuidad en otro mundo, en la otra orilla?

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Aquella mañana en mi habitación de Montreal, con el cabello luminoso entre mis dedos, supe que otra vez me iba quedando solo, y respiré honda, tranquilamente por la contundencia de aquella revelación: volvía a mi soledad, pero algo en mí se había fracturado para siempre. Puse el cabello entre mis labios, como besando a alguien. Sentí las lágrimas brotar -como hoy, como algunas tardes.

Afuera el sol brillaba con una intensidad peculiar. La primavera volvía, su ciclo de resurrecciones, su callado dominio avanzaba entre la nieve. Los bloques de hielo, fracturados, regresaban a su humedad primera. Era un alto mediodía de abril, blanquísimo y radiante, y la vida volvía a su terreno. Un alto mediodía de abril, nuestro mes más cruel…

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Printemps. Fotografía del autor.