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Símbolos nacionales

19 septiembre 2018

Septiembre de 2017 fue un mes marcado por contrastes muy hondos. No suele la vida presentarse desprovista de máscaras, sin filtros mayores que recubran el dramatismo de su luz y su sombra. Pero algo pasó en ese mes singular, como un mediodía que nos situara ante el pasmo: desnudos de nuestros propios velos.

El viernes 15 llegué a mi aula al poniente de la ciudad. Recuerdo bien aquella tarde: un viento fresco limpiaba el aire del altiplano, un sol intenso lo devolvía a su brillo. Como sospeché, mis alumnos no llegaron a la sesión: pues, ¿quién querría pasar aquel viernes festivo encerrado entre cuatro paredes? El campus se hallaba silencioso y refulgente. Había, sin embargo, algo en el aire que convocaba una cierta opresión, una cierta nostalgia: la añoranza de un país que nunca tuvimos.

En esos días había circulado en medios la noticia de que en Puebla se hallaba desaparecida la adolescente Mara Castilla. Habíamos secretamente presentido lo peor, sin decirlo –acaso temerosos de que las palabras pudieran convocar la tragedia- pero albergado también la esperanza de que todo fuera un equívoco: una mocedad, una aventurilla, una mera confusión. No una cifra: no un expediente más en el insoportable archivero de crímenes contra mujeres en que se ha convertido México. Al azar le gustan a veces los símbolos, las penosas coincidencias: ese día, tradicionalmente de fiesta nacional, apareció el cuerpo de la chica.

El Estado-nación moderno se afianzó con sus tintes singulares en el siglo XIX: fue una época de grandes proyectos de unificación, de industrias, luchas territoriales. Se alzaron mitologías delirantes: héroes y aniversarios patrios sustituyeron el fervor de santos y festividades religiosas en el calendario. Los gobiernos han repetido hasta el aturdimiento la exaltación de estas ficciones: la invención de Juan Diego y su contemplación de la Virgen fue desplazada por la invención del Grito de Dolores.

Cursé la educación básica en una escuela pública: allí nos enseñaron a honrar el lábaro patrio y otros símbolos. Ese adoctrinamiento –como para todos, o casi todos- está ligado a recuerdos de una época muy amada de nuestra vida. Quizá por ello es arduo desmantelar su fantasma: remover los escombros del reino que nos dieron en promesa. Puedo convocar aún, verso por verso, cierta canción que entonamos en un homenaje a la bandera; puedo convocar aún el entusiasmo que me producían las imágenes sobre la grandeza de mi país (“Déjese llorar despacio, mi niño, cante fuerte su tonada…”). Imaginaba entonces que en alguna parte yacía su zona más venerable: en la Sierra Madre Occidental; en Teotihuacan; en la invocación de Quetzalcóatl y Huitzilopochtli; en la ciudad soñada en los murales de Juan O’Gorman, reproducidos en mis libros de texto gratuitos. Sentía, en suma, profundo amor por una ficción (“Nada falta mientras tengas, por siempre y a manos llenas, este cielo y esta tierra para amarlas como quieras…”).

La noche del 15 presencié, acaso movido por esa imposible nostalgia, los fuegos pirotécnicos que se lanzaron al aire desde la explanada del Parque Lira. La delegación no dudó en su derroche: si espléndidas, las luces que ardían sobre nuestras cabezas resultaban una especie de doloroso montaje; la celebración de un país que nunca existió y cuyo lento derrumbe presenciamos desde hace varios años, como el desmembramiento de un gigante acéfalo.

“Qué hermoso hubiera sido, pensé, observar esto desde mis ojos infantiles.” Antes del descubrimiento del miedo, del horror. No necesito recordarle a nadie lo que vino tras el hallazgo del cuerpo de Mara: la rabia generalizada, la desazón; la convocatoria a marchas; en el peor momento, la querella entre ‘feminazis’ y ‘machos progre’.

Pero nada podía prepararnos, en ese momento álgido, para lo que estaba por venir. Porque, ¿cómo sospechar entonces que el azar golpearía de nuevo, con soplo irónico, casi cruel, a nuestra ciudad justo en la jornada en que recordamos una de sus heridas? Estaba encerrado en mi departamento cuando sentí el primer embate del temblor. Un estremecimiento, el crujido de paredes, gritos que se extienden por todo el edificio, un estropicio de objetos que se destrozan. Y yo, sin poder hallar la llave, viendo por la ventana cómo se balancea la estructura entera. Fui afortunado. Nada grave ocurrió.

Al salir, la ciudad parecía la misma. Sólo al leer las noticias, minutos después, pude comprender la gravedad del daño. Edificios que se desploman, polvaredas, incendios: videos que cargan el tinte de una pesadilla. Y, en la confusión, peticiones de auxilio, recomendaciones, avisos: ayuda para rescatar a los sobrevivientes, demanda de suministros. Ruidos de ambulancias en la periferia. Ningún simulacro incluyó jamás la remoción de escombros, el acopio de víveres, la caída de redes telefónicas, servicios de luz y agua. La alarma que ese día sonó demasiado tarde había convertido la amenaza de un temblor en un mero protocolo, una frase hecha, una molestia casi.

Tras el pasmo, salimos, con la celeridad de las hormigas, al auxilio de los otros: al auxilio de nuestra ciudad. Con nuestras manos, con nuestros recursos: esa tarde fui por algunas provisiones para dar en donativo. Nos encerraron, cuando intentaba irme, en el establecimiento: una horda de maleantes intentaba saquearlo. Después estuve, por varios días, cargando víveres junto a una serie de desconocidos. Uno de ellos –nunca he de olvidarlo- era un muchachillo infatigable de once años, llamado Ismael, que nos instruía en el mejor modo de embalar los diversos productos. En aquel lugar ondeaba una bandera a media asta. Aquel emblema, largamente tomado por un Estado despótico, emergía ante mis ojos con un lustre tan doloroso como deslumbrante. Pues, ¿no era Ismael, también, el niño que yo fui, ante la posibilidad de amar el país en que tuvo por destino nacer, no desde el adoctrinamiento y la homologación, sino desde su mera humanidad –una capaz de burlar los discursos, las ficciones, las estratagemas del poder, y aun los espejismos de la identidad?

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Es difícil ahora esclarecer el orden en que se sucedieron los eventos: el tiempo estaba fuera de su cauce. Donativos, robos; voluntarios, corruptelas. Septiembre fue un mes de contrastes: como si lo peor y lo mejor de nosotros se manifestara sin ambages. Nosotros: ¿quiénes? Había una rara hermandad en el aire, solidaridad, comunión: palabras que hemos aprendido a usar con cierta reserva, que en la escritura tememos al borde de la afectación. Pues, ¿no agotó el romanticismo la mención de estas virtudes? ¿No quedaron confinadas a los discursos huecos, maquinales, de la política?

Sí: hubo poemas en esos días; algunas –pocas- expresiones de arte. Pobres las más de las veces, pero sobre todo insuficientes. Tan cerca de la muerte, la creación artística pareció un acto egoísta: el horror rara vez da la cara, pero la desgracia siempre tiene un rostro humano. ¿Escribir poemas, cuando aún había personas lánguidamente respirando bajo los escombros?

Lo sabemos, el sismo sólo reveló estructuras anquilosadas desde mucho antes: la agresiva gentrificación, el corrupto paroxismo inmobiliario que vive la urbe; el hacinamiento, la carencia de acceso a recursos esenciales; la indigna vivienda, el olvido de tantas regiones del país. Porque, ¿qué es un temblor? ¿Un mero accidente geológico, ante el que nos hallamos casi inermes, pequeñas hormigas del tiempo? ¿O, también, una metáfora, uno de los rotundos símbolos de septiembre, que vino a removernos de nuestro pasmo, al colocarnos desnudos frente a la muerte, sí, pero también frente a la vida?

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Una semana después, volví a mi aula al poniente de la ciudad. El tiempo, fuera de su cauce, parecía larguísimo desde la aparición del cuerpo de Mara Castilla. Estaba lloviendo cuando llegué al campus; debí guarecerme a la entrada. Afuera, contra el muro exterior, se apoyaban coronas de flores, ramos en macetas, un moño negro que la escuela había colocado en memoria de los estudiantes que perecieron en el derrumbe. La lluvia azotaba la ofrenda: una de las coronas se volcó por la potencia del viento. No había nada tan desolador como aquellas flores en el suelo, a merced de la tormenta. “Ahora que baje un poco el agua, me dije, si no salen los de vigilancia, voy a poner esa corona en su sitio.”

Y entonces vi la imagen que me ayudó a recomponerme de mi propio duelo, pues al azar le gusta, a veces para bien, la recurrencia a los símbolos: una vecina de la zona, buscando dónde guardarse, pasó por el lugar. No he de olvidarla: cabello rizado, ropas color ocre, un chal completamente mojado. Buscaba cubrirse, pero aún se dio tiempo para levantar la corona, devolverla a su sitio. Luego prosiguió su camino. Una mujer cuyo rostro no pude ver, pero cuyo gesto iba más allá de toda forma de egoísmo. Un ser sin identidad, en un acto de pureza.

En la desazón, aquello me devolvió a mi temple. Recomponernos. Poner las cosas en su sitio. Y luego seguir nuestra marcha. Reconstruirnos. Y luego seguir, seguir: seguir siempre.

 

*Texto originalmente publicado en el número 47-48 (diciembre de 2017-enero de 2018) de Casa del Tiempo, dedicado a rememorar el temblor del 19 de septiembre.
Disponible en PDF.

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Inmanencia

12 mayo 2018

Hoy, al caminar de vuelta a casa tras la clase de ballet, vi al amor venir hacia mí.

El amor avanzaba encarnado en dos adolescentes: un muchacho y una muchacha. (“Comen naranjas, cambian besos, como las olas cambian sus espumas.”)

La muchacha iba riendo, tratando de cubrirse el rostro de la cámara de su acompañante, que a las claras la grababa en un video. Los vi sonrientes: en los ojos del muchacho reconocí la devoción que sentimos ante una imagen que nos fascina. (Cada vez que atisbo en mí, o en alguien, esa expresión, me devuelvo a mis años de adolescencia.)

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Por la mañana tomé la clase de Monserrat en mi hora. No pensaba quedarme a la siguiente sesión. Pero mi cuerpo se resistió a cambiarse la ropa, a irse del salón -el cuerpo sigue su propio flujo, conoce su orden preciso. Decidí quedarme, e hice bien.

Montserrat dio una clase bellísima, de estiramiento: una de esas clases que me devuelven al presente y me recuerdan por qué hace algunos años comencé a amar la danza. Al final se disculpó porque no hicimos barra. Y yo, con ganas de decirle que cómo se disculpaba por una sesión tan extraordinaria, una sesión como la que todo el mundo debería experimentar alguna vez en su vida.

Salí hacia el bosque con el cuerpo laxo, alegre: es mi camino, y es un privilegio, los sábados y domingos, atravesar el bosque de regreso a casa. Allí me topé con los muchachos. (“Comen limones, cambian besos, como las nubes cambian sus espumas”).

Luego fui hacia mi banca, frente al lago. Estaba nublado: de pronto las nubes se abrieron con suavidad y entre las copas de los árboles vi prenderse unos rayos. Escuché cantar un pájaro: devuelto a la pureza de mi cuerpo, el mundo reapareció ante mí como una sola inmanencia; mi cuerpo, como una continuidad de su materia. Árboles, ramas, humus, carne: una herida en la inmensidad delirante del tiempo. No pude evitar preguntármelo: ¿qué es este extraño milagro de estar vivo?

(El cuerpo sabe volver a su propio orden.)

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Bajé la vista: noté que tenía húmedos los ojos. “Pero, ¿qué es esto? ¿Por qué estoy llorando?” Como una alegría y una nostalgia que no acabaran de disolverse o de afinarse, de purificarse entre el humus. Ramas que se mecen contra el azul del cielo. Ondas que corren sobre el verdor del agua, aves que se elevan contra la altura de los árboles.

Vivant. Je suis vivant.

Y no puedo evitar la sonrisa burlona: soy otra vez un adolescente, el más cursi de los adolescentes. “No son más que tonterías…” (¿En qué libro maravilloso he leído estas frases?) “Pero qué hermosas, qué dulces tonterías…”

Cierro los ojos, ante la certeza.

Esa banca es mi banca. Una herida en el delirio del universo. Y este cuerpo es mi cuerpo. Una herida en la materia del delirio.

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Flores en la tormenta

27 septiembre 2017

El lunes retomamos clases en el Tec de Monterrey. Casi llegando al plantel, la lluvia nos obligó a guarecernos. Vimos apoyadas contra el muro exterior un par de coronas de flores, varios ramos en cubetas. Como es bien sabido, durante el sismo, cinco de nuestros estudiantes perecieron. Hay un video que circula en redes que muestra el derrumbe de los puentes del Campus Ciudad de México: imágenes que llevan el tinte de una pesadilla.

Cada vez que pienso en el sismo recuerdo mi propio terror, encerrado como me quedé en mi propio departamento, sin poder hallar la llave, escuchando los crujidos de las paredes, los gritos, la ruptura de objetos en las otras viviendas. Fui afortunado. Mi edificio resistió. Otros seres no lo fueron tanto.

Cada vez que pienso en el sismo pienso en el terror de esos muchachos.
No los conocí, no fueron mis alumnos, pero me duelen como si hubieran sido míos. No es justo que murieran esos chicos, pienso. Pues es difícil entenderlo: la desgracia no es justa para nadie.

El lunes nos quedamos varados bajo la tormenta, y vi con tristeza las flores de los muchachos bajo la lluvia. Una de las coronas se volcó por la fuerza del viento. No había para mí nada más triste que esas flores azotadas por el agua. “Ahora que baje la lluvia, si no salen los de vigilancia a acomodarlas, pensé, voy a poner esa corona en su sitio”. Una señora que iba pasando por la calle, vecina de la zona, trataba de cubrirse de la lluvia. La recuerdo bien: cabello rizado, ropa en tonos ocre, un chal que se había empapado. Trataba de cubrirse, pero se hizo tiempo para levantar la corona, ponerla en su lugar. Luego siguió su camino.

Fue un acto tan triste como generoso, tan desolador como lleno de esperanza.
Como tantas cosas que hemos visto desde ese día.

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La familia natural

25 septiembre 2016

Cuando éramos adolescentes, mi hermana tuvo una hámster hembra llamada Bonnie. Como pensaba que estaba muy sola, compró otra hembra a la que llamamos Tedi.

Resultó mala idea.

Ocurre que los hámsters son criaturas territoriales y Bonnie agredía continuamente a Tedi. Hubo que ponerlas en jaulas separadas, que compartían una pared. Tedi creció y con ella sus enormes genitales: resultó no ser hembra sino macho, Teddy.
Una tarde descubrimos que, por esa fuerza poderosa del sexo, Teddy había logrado abrir su parte de la jaula y estaba del lado de Bonnie, quien no sólo no lo agredió sino que lo aceptó en la divertida labor de fabricar hamstercillos. Luego Bonnie engordó como una pera y volvió a correr a golpes a Teddy, esta vez para siempre: tuvo después cuatro criaturas que al principio parecían gomitas de dulce pero luego abrieron los ojos y crecieron un fino terciopelo.

Bonnie los cuidó ejemplarmente en un nido que ella misma construyó, pero una tarde notamos que una de las crías no jugaba con las otras en la rueda, ni se movía. Tras una hora, Bonnie se paraba sobre ella y sospechamos que había muerto. Media hora después miramos de nuevo y lo que vimos nos horrorizó: sólo quedaba la mitad superior del hámster, pues Bonnie y las otras tres crías lo devoraban muy sabrosamente. Luego no quedó nada de él.

Cuando dejó de amamantarlos, Bonnie volvió a jugar en su rueda, peleó con sus hijos por comida y volvió a su soledad habitual. Tuvimos que buscarles nuevos dueños.

He allí un ejemplo de familia natural.

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Atrocidades

19 septiembre 2016
Anoche tuve dos sueños inquietantes.
En el primero de ellos me hallaba en una suerte de laberinto de concreto: llegaba a un punto en que podía tomar dos caminos, que eran vigilados por criaturas temibles. Una era una suerte de enorme robot de titanio; la otra, una especie que podía mudar de formas, pero en su apariencia más constante era un alto cuerpo azul marino con una suerte de membranas rojísimas a los costados de la cabeza, como branquias: una figura anfibia. Las vi hablar entre ellas, alejarse cada una por un camino posible, luego darse vuelta y volver hacia mí, que me agazapaba tras una pequeña barda.
Entonces vi mi escapatoria. Había una brecha que no había notado: debía escalar a ella. En mi sueño podía brevemente conjurar el don de la invisibilidad; me desvanecí, di un salto, trepé: los vigilantes escucharon los ruidos, corrieron hacia mí, pero no pudieron verme, desconcertados. Yo ya me alejaba por el laberinto. Había escapado a los monstruos.
El segundo sueño fue mucho más atroz.
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Comme un enfant

25 mayo 2015

-¿Por qué hemos hablado tan poco en todos estos años?
-¿No lo sabes?
-Las cosas no acabaron bien. Pero yo te seguí queriendo siempre. Y tú, pues tú dijiste que me amabas.
-De hecho dije que creía que te amaba. Pero sí, fue la primera vez que se lo dije a alguien.
-También eso dijiste. Pues bien, no sólo fue la primera vez que estuve con un chico. Fue la primera vez que alguien dijo que me amaba.
-Y luego supe que de verdad te había amado. Que esa palabra del amor no era una ficción.
-¿Por qué dejamos de hablar entonces?
-Porque yo sólo sé enfrentar el dolor de una forma. Sólo sé alejarme de lo que más amo para que no me lastime.
-No era así cuando me abrazabas. Dormías abrazado a mí, como un niño.
-Para mí no hay nada más hermoso y difícil que abrazar a alguien. No lo recuerdas, pero fuiste tú quien me abrazó primero. Me atrajiste hacia ti y sonreíste. Y luego nos quedamos callados, viendo la nieve por la ventana. No hizo falta hablar…

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Trópico

4 abril 2015

A veces acaricio mi cuerpo e imagino que es tu cuerpo el que acaricio.